Árbol
- 30 oct 2018
- 6 Min. de lectura
Yo Claudio, hijo de José nieto de Cómodo y otros tantos más, di mis últimos pasos sobre aquella arena abrasadora. Tenía callos del tamaño de bellotas en la planta de mis pies, tres días caminando por aquel desierto de rocas, arena y cielo me habían curtido el cuerpo. El Sol se hundía a lo lejos y una luz rojiza, hermosa, pintaba la arena del desierto. Me acerqué al único árbol existente, su sombra me acarició y caí muerto. Mi cuerpo cansado y delgado apenas hizo ruido al desplomarse sobre la arena, nadie estaba ahí para escuchar aquel sonido y menos para rescatarme así que ese fue mí final. Media hora antes había visto como unos buitres sobrevolaban no muy lejanos a mí. Eran negros y contrastaban con el celeste calmo del cielo. Estaban esperándome. Habían aparecido el día anterior, primero lejos y a medida que entraron en confianza se fueron acercando, seguramente ellos estarán esperando cuando exhale mi último aliento. Una hora atrás consulté por última vez mi reloj de plata que brillaba ante el abrasador sol y a veces cuando movía mis brazos el destello daba sobre mis ojos cegándome, lo único que me conectaba con mi pasado era esa reliquia familiar que nos la pasábamos los hombres de la familia, yo el último de los descendientes, lo iba a llevar conmigo hasta el final. Me lo había entregado mi padre en una sencilla ceremonia cuando cumplí mis únicos 21 años, me llamó al estudio que había construido en la casa, se arremangó, desabrochó la hebilla del reloj y me lo entregó. Para él no hacía falta intercambiar palabra, ya sabía yo lo que eso tenía que significarme. Lo llevé con gusto el primer día, luego fue perdiendo el sentido y dejé de consultarle la hora hasta que me encontré solo en el desierto. Casi veinticinco minutos antes de observar el reloj divisé a lo lejos una mancha verde dentro de aquel océano de arena y me pareció reconocer la forma de un árbol. Alucinaciones seguramente, ya me habían jugado una mala pasada, pero igualmente giré mi cuerpo en aquella dirección. Las piernas las llevaba a la rastra, la distancia no era tanta pero para mi cuerpo fue un infierno. Fui hasta aquel árbol para responderme una pregunta, ¿cómo pudo florecer un árbol en aquella nada? Era el mediodía cuando me senté a la espalda de una gran roca que daba sombra. Mi estomago rugía y mi garganta ardía. Lamí la piedra en su parte inferior con la esperanza que haya algo de humedad atrapada bajo esta. Me recosté en la arena cálida, miré el cielo, disfruté del silencio, en otro momento aquella vista me hubiera asombrado. Me dormí. Por la mañana había tomado las últimas gotas de agua de la cantimplora sentado entre unas rocas. La compré unos días antes de emprender la travesía y el que me la vendió dijo que la usaban en el ejército y que había pertenecido al General no sé cuánto, la compré de todas formas porque encajaba perfecta en el cinturón de mi pantalón. En algún lado había leído que dormir en el desierto era una experiencia asombrosa, lo fue la primer noche, no la segunda. Aún quedaba restos de agua y un cuarto de barrita de cereal. Di un sorbo corto y medité largo rato sobre qué hacer con la barrita, tras crujir mi estomago decidí comerla con la esperanza que al día siguiente termine mi odisea. La noche siempre trae pensamientos oscuros, pesadillas, mi mente se divertía conmigo porque no tenía a quién más joder. La noche era fresca y la arena exhalaba el calor acumulado. Traje a mi mente algunos recuerdos felices, el pastel de mi abuela, la primera mujer con la que estuve, mi perra Martha, algunas canciones que tarareé e hice un resumen de mis buenos momentos y me pude dormir. Del atardecer del día anterior sólo puedo recordar el momento en que terminó de ceder mi calzado dejando mis dedos al descubierto y la suela partida en dos. Cuando levanté mi vista observé a lo lejos vapor, el calor parecía que evaporaba agua, agua… sin pensarlo dos veces corrí persiguiendo el reflejo que parecía alejarse a la misma velocidad con la que yo me acercaba. Cuando caí rendido, al levantarme, el reflejo ya no estaba. Eran las 13.45 del segundo día cuando oí por primera vez los buitres, uno de ellos sobrevoló alto por mi cabeza para luego alejarse. Saqué mi pistola y disparé los últimos dos tiros que le quedaban. En el hotel que me hospedaba me habían recomendado llevar un arma, ellos tenían una Remington que alquilaban sin preguntar demasiado las aptitudes del tirador. Cuando la sostuve por primera vez sentí el frío metal, era pesada y nunca había tenido una en mis manos. Aquella tarde aprendí del conserje cómo manejarla y tras algunos intentos pude dar en el blanco. Esa primer noche ahí afuera, lloré, temblé, maldije mi suerte, aún no había decidido de quién era la culpa. Cené con un hambre voraz unas barritas y angustiado tomé varios sorbos de agua. La Luna en su cuarto creciente iluminaba el desierto. Apoye mi cabeza sobre mis manos e intenté conciliar el sueño. Al rato me despertó un sonido seseante, alguien arrastraba su cuerpo hasta mí, en mis sueños era una mujer pero al abrir los ojos me encontré cara a cara con una serpiente. Tomé como pude la pistola y disparé con ira, herida, huyó dejando un rastro de sangre. Por la tarde del primer día me senté cansado en la arena, era suave pero cuando el viento soplaba pellizcaba. Me pregunté qué estaba haciendo ahí, en medio de la nada, seguramente todo era un error que no sabía dónde ni cómo había comenzado. Quería visitar unas ruinas perdidas en medio de la nada que emanaban energía cósmica, todos los que habían vuelto del lugar volvían cambiados, eso era lo que necesitaba. Un cambio, algo milagroso. Cuatro horas atrás acomodé mi gorro blanco para el desierto que había adquirido del mismo vendedor de cantimploras. Estaba reluciente y quedaba muy bien sobre mi cabeza, tomé del destartalado y humeante jeep todo lo que podría servirme y partí, con mi mochila al hombro, en busca del camino de regreso.
Cuando entré en la oficina del rechoncho vendedor de jeeps me recibió una refrescante oleada del ventilador. Afuera hacía mucho calor. El vendedor vestía con ropas claras, era calvo y mantenía un fino bigote.
- Necesito un medio de transporte.
- Si, excelentes jeeps, excelentes-dijo el vendedor.
- Necesito alquilarlo, no comprar, me dirijo a las ruinas…
- Ah, las ruinas, si las ruinas, ¡Ir con guía! –exclamó
- no necesito, este viaje tengo que hacerlo solo.
- Ah, si, muy bien, excelentes jeeps, excelentes…
Por la noche decidí atiborrarme de comida y alcohol, el hotel tenía un lindo comedor con hermosas vistas a la ciudad y se podía contemplar el mar también. Ebrio, llamé al servicio del hotel y pedí que me manden a una mujer para que me haga compañía.
La ventanilla del avión era pequeña, era el tercero que tomaba desde que emprendí el viaje. Debajo de las nubes podía divisarse una ciudad cuyas casas solo eran blancas y al girar el avión el destello de estas me cegó brevemente.
Cuando recibí la carta, escrita muy prolijamente con una letra que reconocí al instante, tuve que sentarme en mi sillón preferido para no desvanecerme. La leí dos veces, mi estómago se hizo un nudo y corrí al baño para vomitar, miré a mí solitario alrededor y supe qué es lo que tenía que hacer.
En una de esas aburridas fiestas de sociedad a las que asistí me encontraba sentado en un sofá elegante del siglo pasado con una copa de champagne burbujeante, la conversación que mantenía con la hija del anfitrión era sosa y sin sentido, en un momento tuve que disculparme y me dirigí al baño a lavarme la cara. Una vez fuera me acerqué a una animada conversación de damas y una de ellas, la voz cantante, hablaba sobre un lugar mágico en medio del desierto donde los visitantes descubrían su propósito en la vida y ella después de ese viaje, tenía la habilidad de leer la mente de las personas. Me ofrecí como voluntario recostando mi cabeza sobre su regazo, apoyó sus manos sobre mis cabellos y lo primero que se me vino a la mente fue un recuerdo olvidado. Estaba correteando por el campo y me detuve ante la figura de un ombú, estaba ahí desde tiempos inmemoriales, lo había plantado mi taratarabuelo por lo que era especial, allí se encontraba la raíz de toda la familia.



Comentarios