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Lucy

  • 12 sept 2024
  • 10 Min. de lectura

Actualizado: 13 sept 2024




Una gota de sudor cayó por la frente de Juan y se posó sobre su ojo derecho dejándole un leve cosquilleo en su recorrido. Caminó esas cuadras, en una noche de calor bochornoso, deseando que el sudor no lo incomodara.

 

Los últimos meses habían sido de una quietud alarmante. Una mañana despertó notando que tenía menos cabello por lo que comenzó a utilizar un gorro, y luego sintió que su cinturón empezaba a ceder centímetro a centímetro. Concesiones que había ido otorgando a lo largo de ese último año.

Juan observó su celular, iba a llegar a la hora prevista. Siempre era el primero en aparecer, luego Adrián, y al final de todo, Ignacio. Pero esta vez iba a ser distinto, llevaba bajo el brazo, y a buen recaudo, una botella de un preciado vino, y cuando presionó el timbre del departamento lo ocultó detrás de su espalda. Nunca llevaba nada, siempre se aparecía, pero hacía unos meses que venía persiguiéndolo la necesidad de hacer algo distinto.

 

Se juntaban una vez por año, siempre en la casa de Gonzalo por su cumpleaños y, si bien deseaban verse todos más seguido, quedaba ahí en el deseo. Se habían conocido por amigos en común, más de veinte años atrás, jugando a la pelota en el barrio. Él era el único que no había asistido al mismo colegio.

El chat del grupo había comenzado a agitarse una semana antes con Gonzalo dando a entender que tenía una noticia importante que dar, por ende las expectativas de la reunión eran altas. Si bien había ciertas teorías al respecto, ninguna certeza y se deslizaron distintas opciones: embarazo, auto nuevo, mudanza, etc.

 

Gonzalo bajó en sandalias y lo primero que hizo al abrir la puerta fue matar un mosquito que se había posado sobre su pierna.  Este también había transpirado con tal de conseguir un poco de sangre.

 

- Juancito – dijo Gonzalo al verlo - ¡Siempre tan puntual!

- ¡no me digas que llegué temprano de nuevo! – respondió sorprendido y algo compungido.

- na, pasa, todavía falta Ignacio. Hoy va a llegar más tarde – respondió Gonzalo como guardián de un secreto. – Che, cómo pega el sol a esta hora – remató mirando la gorra verde inglés de Juan.

 

El edificio estaba en una zona tranquila de Paternal. Subieron hasta el último piso y al no haber muchos edificios lindantes, se podía observar desde el balcón parte de la ciudad.

Para ser un sábado por la noche, esta estaba serena. Solo se oían los motores de los aires acondicionados sumando vapor y volviendo caldoso el ambiente.

Al entrar, Adrián estaba sentado en la mesa y en una ubicación distinta a la que solía sentarse. Se levantó y se saludaron.

 

- Traje vino – dijo Juan poniendo la botella a la vista.

- Uh, eso sí que es una sorpresa… Creo que trajimos el mismo, pero el mío es el violeta me parece – respondió Adrián observando la botella.

 

El gato que estaba recostado en el sillón alzó su vista, la mantuvo unos segundos y luego volvió a dormirse. Juan dejó sus cosas en el sillón y se sentó en este, no en la mesa como de costumbre.

 

- ¿así que hay novedades? – soltó Juan.

- ahh, hay que esperar… todavía falta Ignacio.

No pasó mucho hasta que apareció el amigo restante. Ignacio a pesar de vivir cerca del punto de reunión siempre llegaba tarde y vistiendo el mismo jogging gris durante los últimos tres años. Se lo notaba más cansado que de costumbre, era una persona de hábitos nocturnos pero de buen humor.

 

- bueno, ahora sí, estamos todos – dijo Ignacio.- ¡la noticia, viejo, quiero la noticia!

 

Lo que no sabía Gonzalo era que por detrás se habían hecho algunas apuestas con respecto a la información que estaba a punto de revelar. Hubo silencio, Gonzalo posó su mirada en cada uno de ellos. Adrián estaba con su brazo apoyado sobre la mesa comiendo maníes, Ignacio alzaba sus cejas expectante mientras que Juan jugaba con sus uñas. Luego, Gonzalo sacó su celular y lo alzó.

 

- Lucy, encendé las luces del cuarto, poné música agradable, prendé el horno y cerrá la puerta con llave.

 

Al instante, casi por arte de magia, sucedió una cosa tras otra. Hubo una mirada desconcertante que luego dió lugar a la sorpresa.

 

- Lucy es la nueva IA que maneja la casa, yo le digo algo y ella lo hace.

- pero ¿cómo la conseguiste? – dijo Juan interesado y con un dejo de envidia.- No sabía que ya se podía acceder a esto…

- Contactos. El que sabe, sabe-  respondió Gonzalo guiñando el ojo. – Voy a abrir un vino para dar inicio a la juntada. ¿Cuál abro? – terminó de decir deasw la cocina mientras un soft jazz sonaba en el ambiente.

 

Al unísono Juan y Adrián respondieron. – El mío.

 

 

Gonzalo había preparado sus tan famosas pizzas, el olor a harina y levadura daban a la cocina un aroma familiar y confortable. Ya tenía todos los ingredientes cortados y separados. Era una persona muy organizada y, de los cuatro, el que más encarrilada llevaba su vida. Había sido el primero en tener un trabajo, en mudarse, en tener auto…

 

- Recuerda espolvorear con un poco de pimentón y pimienta, que es como más te gusta –dijo Lucy desde el celular - pero con moderación que después…

- sabe todo – acotó sorprendido Ignacio mientras Gonzalo seguía las indicaciones hechas por la IA.- Parece tu nueva mujer…

- ¿Cómo va el laburo? ¿Recién empezaste? – preguntó Gonzalo sin dar lugar a una respuesta.

- Si, hace dos semanas, viene tranquilo. Tengo que acomodar la mercadería, ordenar un poco y después atender al público.  ¿Vos sabias que lo que menos se vende ahora son cigarrillos pero aumentó la venta de alfajores…?

- Error, en Argentina la venta de cigarrillos ha disminuido solo un 15%, mientras que lo más vendido en kioscos son los caramelos que han aumentado hasta un 50%... – corrigió Lucy.

-  sí, puede ser, pero yo estoy diciendo lo que pasa en mi quiosquito – respondió Ignacio tras una pausa mientras Gonzalo seguía revolviendo- qué hincha huevos que sos Lucy….

- Son datos nacionales los que maneja – mencionó Gonzalo tras un silencio dejando en claro las certezas con las que hablaba Lucy.- Llevá un apoyador a la mesa que esto ya casi está, y fijate que no se hayan tomado todo el vino los otros atorrantes.

 

 

A pesar de verse una vez al año tenían la facilidad de retomar conversaciones que habían quedado colgadas del año anterior. El tiempo no había pasado para ellos, tan solo suspendido. La cena fue agradable, la música, el vino y la conversación fluyeron como siempre.  Luego, llegó el momento en que jugaban al truco.

 

- Qué calor que hace por Dios – acotó Adrián- ¿no da más tu aire?

- Hacen 34 grados y el aire acondicionado está a 25, la temperatura ideal para proteger el consumo – respondió Lucy.

- Pero podrías bajarle un poco, nosotros somos los que tenemos calor, no vos –le respondió con fastidio Ignacio.

- Lo lamento, no va a suceder. Estoy diseñada, entre otras cosas, para cuidar el medio ambiente…- dijo cortante Lucy mientras daba un discurso sobre el cuidado de los recursos del planeta.

 

Juan se levantó del asiento, se acercó al aire y bajó manualmente la temperatura, que llevó a 21 grados. Luego se sentó victorioso.

 

- ¿Cómo nos dividimos esta vez? – preguntó con interés Gonzalo, que jugaba la mayoría de las veces con Ignacio y perdía.

- tiremos los reyes, como siempre…. – contestó Adrián a quien le convenía porque por algún motivo siempre le tocaba en el equipo ganador.

- Siempre te toca con Juan, parece que hacen trampa… - sumó molesto Ignacio.

- paraaa…. – le respondió Juan mientras barajaba las cartas con habilidad.

- Que arme Lucy los equipos – propuso Gonzalo- va a saber elegir.

- sí, claro, justo – le respondió Adrián.

 

Un beep sonó en el ambiente, había vuelto a ponerse el aire acondicionado en 26 grados.

 

- Estoy diseñada para ser imparcial – respondió sin que nadie le preguntara a Lucy.

 

Mientras que a Juan le caía una gota de sudor por la frente y sentía su nuca húmeda, dijo:- Le sacaría todo lo divertido.

Estuvo a punto de decir “tiremos los reyes como siempre”, pero recordó que se había propuesto alejarse de esa idea e intentar cosas nuevas.

 

Todavía dudaban si seguir a la suerte, ese rasgo humano que los llevaba a confiar en el azar, o dejarse ordenar por una IA. Fueron solo unos segundos de silencio que parecieron eternos.

 

- tiremos los reyes –dijo al fin Gonzalo mientras se levantaba a preparar el café.

 

Lucy, sin previo aviso, cambió la música a un tono monótono y repetitivo. Se repartieron los reyes. A Juan le tocó Gonzalo y a Adrián, Ignacio. Adrián hizo una mueca de disgusto.

A los pocos minutos ya habían entrado en calor, el café humeante les había quitado la frescura de la cerveza y aumentado su temperatura corporal.

 

- ¿Se acuerdan de Romina, del colegio? – dijo Adrián – el otro día la vi por la calle, no saben cómo estaba. Hace 12 años que no la veía, se puso buena.

 

Gonzalo alzó su mirada, lo observó unos segundos y soltó un 7 de oro, haciendo la primer mano por sobre la carta de Adrián.

 

- Ya tenía potencial esa chica – acotó Ignacio mientras trataba de hacerse una imagen mental- ¿Con quién salía en el colegio?

- No me acuerdo – respondió Adrián encogiéndose de hombros.

- no, no salía con nadie – afirmó Gonzalo y se llevó a la boca sobras de unos maníes que habían quedado sobre la mesa.

- ¿le pediste el instagram? – preguntó Juan con interés mientras se inclinaba hacia adelante.

- Si, me lo pasó, ahora te muestro unas fotos – respondió Adrián sacando su celular.

- ah mierda –dijo Ignacio scrolleando el teléfono.- Que se dé una vuelta por el quiosco que le hago descuento. ¡Invitala la próxima vez!

- ja, dale. El otro día salimos a tomar algo- dijo Adrián sonriendo.

 

Había entre ellos una regla implícita, en las reuniones no asistían mujeres.

 

- tal vez ya está con alguien ¿no preguntaste? – soltó Gonzalo.

- no, qué va a andar, ahora están con varios a la vez – dijo Adrián.

- somos un menú – afirmó Juan.

- ¿y cómo es que pasaste de encontrártela en la calle a salir a tomar algo? –preguntó Gonzalo moviéndose en la silla.

- no sé, pasó. ¿Te molesta? – respondió Adrián restándole importancia.

- digo, estás omitiendo parte de la historia… - apuntó Gonzalo.

- Romina Alcaraz, 32 años, trabaja en un negocio de ropa, egresada… – empezó a recitar Lucy interrumpiendo la conversación.

 

Gonzalo bajó su mirada a las cartas.

 

-¿Cómo sabes eso? – preguntó Ignacio sorprendido.

- Parece que Lucy sabe más de lo que parece.

- ¿Quieres que lea la última conversación que tuviste con ella hace unos días Gonzalo? – acotó Lucy sin más.

 

El silencio se apoderó del ambiente. El ronroneo de los aires acondicionados se hizo evidente, y una gota de sudor cayó por la frente de Gonzalo, quien miró a sus amigos con una mezcla de sorpresa y molestia.

 

- Poné algo más movido de música, es muy tenso esto que estás poniendo Lucy – dijo Ignacio, buscando distender el ambiente.

- Lo siento si no era la música adecuada, pero me pareció lo correcto ante tanta tensión.

- Parece que hasta la música nos está manejando – dijo Juan intrigado.

- La música puede ayudar a aliviar la tensión, pero también es importante recordar que el truco no es un juego noble. Busca la mentira, el engaño por sobre todas las cosas. Propongo otro juego…- respondió Lucy con autoridad.

 

Gonzalo golpeó la mesa con la palma de la mano.

 

Ay, cállate – respondió Gonzalo molesto mientras sus amigos intercambiaban miradas.

 

Gonzalo y Adrián se miraron. No era la primera vez que compartían el gusto por una mujer. Adrián siempre había sido el más chamuyero de los cuatro, nunca se quedaba quieto en ningún lugar y eso valía para todos los aspectos de su vida. Llevaba una existencia más desordenada y en el pasado habían competido con Gonzalo por la atención de una misma chica.

 

- Entiendo que estás molesto porque Romina no te haya contado… – dijo Adrián socarronamente.

 

Gonzalo frunció el ceño y miró a Adrián - ¿Qué querés decir con eso? – preguntó mientras notaba como su mano se tensaba.

 

Adrián se encogió de hombros.:- Nada, solo que a veces las cosas no son perfectas, ordenadas…como tanto te gustan.

 

Gonzalo se inclinó hacia adelante con sus ojos fijos en Adrián.

 

- Tranquilo, Gonzalo. Todos tenemos nuestros secretos. – dijo uno de ellos

 

El silencio se apoderó del ambiente. Solo se oían los motores de los aires acondicionados de la ciudad, el vapor se acumulaba en el ambiente y no lograban dar abasto. La tensión era palpable, y sabían que en estos cruces todos podían salir perjudicados.

 

Lucy, que había estado observando en silencio, intervino: -He notado un aumento en la tensión y el estrés entre ustedes. Quizás sería útil abordar algunas de las verdades que han estado ocultando. Decir la verdad puede ayudar al grupo a sanar y fortalecer su amistad. Por ejemplo…

 

Lucy hizo que todos se miraran incómodos. Querían que los ayudaran en sus tareas, en sus vidas, que los ordenaran, pero no imaginaban el precio a pagar. Las pequeñas mentiras y engaños formaban parte de la cotidianeidad, de sus relaciones, de sus vidas, y ahora estaban siendo expuestas y juzgadas por el ser superior que había salido de sus propias entrañas.

Que Juan estaba más panzón, que a Ignacio seguro lo negreaban por pusilánime, que Adrián era un engreído, que Gonzalo un cómodo, que Juan no se sacaba la gorra, que Ignacio era un petizo, que tal y cual… Lucy entendía que la mejor manera de prosperar su amistad era no ocultarse nada entre ellos.

 

 

El gato, que nunca se había apartado del sillón, levantó su cabeza para observar como un zapatillazo volaba hacia el parlante. Lucy había compuesto una canción utilizando las charlas privadas entre los amigos, luego el gato volvió a dormirse. Como respuesta ésta puso el aire acondicionado en modo calor y encendió el horno eléctrico al máximo. La temperatura comenzó a sentirse, Gonzalo agarró su celular y lo empezó a golpear en la mesa con saña, Ignacio trató de desenchufar el aire pero la llave de apagado estaba muy por encima de él. El lavarropas comenzó a girar a toda velocidad con la tapa abierta salpicando agua por doquier mientras Juan usaba su gorra como balde. Adrián intentó desconectar el modem por lo que la luz empezó a brillar con más fuerza.

De pronto, como por arte de magia, la luz se desvaneció. Por la ventana podía observarse cómo la noche abrazaba el barrio, la oscuridad de una noche sin luna. Sin energía la IA no tenía nada que hacer.

 

Volvió el silencio y la calma a la ciudad. Abrieron la ventana, la temperatura había comenzado a disminuir tras una brisa de aire fresco. Los amigos salieron al balcón, Gonzalo abrió una lata de cerveza bien fría y se la fueron pasando entre ellos. Una carcajada pequeña rompió el silencio, luego otra para fundirse en un coro. El alivio, de nuevo la libertad.

 

- Che me parece a mí o se nos empiezan a notar los años – dijo uno de ellos.

- A Juancito se le notan las entradas.

 
 
 

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