La escondida
- 16 jul 2020
- 14 Min. de lectura
I
- Papá las escondió. Era diciembre de 1951, dos días antes de navidad –dijo Eusebia cinco minutos después de que una de sus hermanas mencionara las joyas de la familia – yo bajé al sótano a buscar unas conservas que me había pedido mamá y ahí estaba él agachado cerca del rincón.
- ¿Cuál? Había 4… - respondió molesta Beatriz por lo lento que reaccionaba su hermana.
- el que estaba cerca del calefón – dijo y cayó Eusebia claramente disgustada por el comentario de esta.
- ¿y entonces? – añadió Claudia, la otra hermana, ante el repentino silencio.
- no va a hablar, se ofendió – sumó Graciela la hermana mayor-¿cuándo se mudaron? ¿en el 62 o 64? Me acuerdo que las buscamos y no estaban. Había cosas de plata, oro, no sé qué más pero era bastante.
- lo bien que nos vendría hoy – exclamó Beatriz mirando a sus hermanas.
Era una noche fresca de diciembre, entre navidad y año nuevo, se habían juntado las cuatro hermanas y a la reunión había asistido Carolina la hija de Claudia y Marcela, la hija de Graciela. En la reunión faltaba Josecito, el único hermano varón que había fallecido dos años atrás, y se habían juntado porque no habían podido verse en navidad.
- yo no conocía esa historia ¿por qué fue? – dijo Carolina mientras les servía té a cada una menos a Eusebia que a pesar de las palabras del médico seguía tomando café.
- fue por miedo a Perón, estaban saqueando iglesias y se temía que entraran a las casas – dijo Graciela.
- ¿te acordas de la iglesia que estaba a dos cuadras? A esa la saquearon por eso papá escondió todo –agregó Beatriz.
- no fue solo por eso – agregó Eusebia- había otras cosas.
II
- José vení para acá –le gritó Claudia, las hermanas siempre lo llamaban en diminutivo salvo cuando se enojaban, esta vez él le había puesto pegamento al cepillo de pelo de esta.
José, que aun tenía que usar pantalones cortos se escondió en la buhardilla bajo unos diarios, era su lugar y escondite preferido (tal vez por eso terminó siendo periodista). Atardecía y la luz que se filtraba era color miel otorgándole un aire calmo al espacio mientras en el resto de la casa parecía fría. Esperó una hora y bajó con cautela. En ese horario llegaba Pietro, su padre, que colgaba su guardapolvo en el perchero junto a otros idénticos que tenía y su maletín. En algunas ocasiones a José le gustaba jugar con el estetoscopio que había dentro de este pero su mayor atracción era el bisturí que guardaba en una cajita de metal adornada con las siglas de su padre. Una vez en la planta baja José miró a ambas puntas del largo pasillo recubierto en madera y se acercó hasta el living en puntas de pie. Su padre estaba conectando un nuevo aparato, la tv, por lo que la familia estaba reunida frente a esta.
- hoy transmiten River – San Lorenzo –dijo Pietro con entusiasmo.
- ¿vos no sos de Boca papá? –preguntó Eusebia la más pequeña.
Pietro frunció el ceño – si querida por eso vamos a hinchar por San Lorenzo –le respondió haciéndole unas caricias en su cabello (de las pocas ocasiones que lo hacía).
- ¿podemos llamar a Alfredo? – preguntó José apareciendo en escena – ellos no tienen televisor.
- somos los primeros del barrio – exclamó feliz, Juana, la madre.
- ahí estas bribón – gritó Claudia y se levantó para perseguirlo.
- ¿qué le hizo ahora? – preguntó Pietro.
- le puso pegamento en el cepillo de pelo – se apuró en responder Beatriz siempre dispuesta a buchonear a sus hermanos.
Pietro miró su reloj, el partido empezaba en diez minutos por lo que se sentó en su sillón.
- traeme algo para tomar hija – le dijo a Graciela mientras se oía el timbre.
- deben ser los vecinos, ¡cómo corre el chisme en el barrio! – respondió Juana que estaba parada detrás del sillón de su esposo y se dirigió a la puerta.
- seguro vino Luca que le gusta a Graciela – dijo Beatriz intentando parecer indiferente.
- que soplona que sos por eso no tenes novio – le respondió Eusebia que a pesar de ser la menor parecía más grande.
- no tiene novio porque todavía es chica – le dijo el padre.
- sí pero bien que fuma – respondió Eusebia y recibió un cachetazo de Beatriz por lo que empezaron a pelearse.
- bueno basta que cobran las dos sino, déjenme ver la tv –dijo ansioso ante el inminente comienzo de la transmisión.
- buenas tardes – dijo casi al unísono la familia Donato – traje pastel – ofreció la madre como ofrenda. Isidro, el marido, se sentó al lado de Pietro al igual que sus dos hijos, Luca y Alfredo.
- que moderna Juana – dijo Lucrecia apoyando el pastel sobre la mesada de la cocina ubicándolo armónicamente con los cuadrados rojos y blancos del mantel- tenes televisión ya, se ve que le está yendo bien a tu marido con las consultas extras que hace –agregó en un tono ambiguo.
Juana tomó el cuchillo y cortó el pastel en 10 trozos simétricos. Tomó de la alacena unos platos pequeños y luego cubiertos.
- ¿vamos? – dijo manteniéndose indiferente Juana.
Al entrar en el living ya estaban todos ubicados alrededor del televisor por lo que Juana, en silencio, ofreció a cada uno un trozo de pastel.
-Que pataduras son los de San Lorenzo –mencionó Luca- no cazan una.
- ¿Quiénes son los de San Lorenzo papá? – preguntó Eusebia
- los de la izquierda – respondió Claudia aburrida por el partido pero maravillada por el televisor.
El teléfono empezó a sonar.
- anda Josecito que sos el más rápido –dijo Pietro – que no jodan.
José, sentado al lado de Alfredo salió disparado hasta la entrada de la casa donde se hallaba el teléfono.
- ¿hola?
- ¿Pietro?... ¿dr Pietro? – se corrigió una voz femenina.
- habla José el hijo, ahora le paso, ¿de parte? – preguntó amablemente
- un paciente
José dejó el teléfono apoyado sobre la mesita y fue corriendo a buscar a su papá que tardó en levantarse del sofá para ir a atender el teléfono.
- Hola si, acá el doctor…
José se quedó observándolo desde la entrada del living cómo su padre bajaba la voz dándole la espalda, este consultó su reloj y colgó.
- querida salgo un momento tengo un paciente que atender, vuelvo antes que termine el partido- dijo y suspiró. Salió sin llevarse el maletín.
III
- pedile a tu papá que te de una lata de conservas de duraznos –dijo Juana atareada mientras cocinaba para la cena de navidad
- no quiero, me da miedo el sótano – respondió Eusebia ya vestida por su mamá para la ocasión.
- anda dale que está tu papá abajo, no va a pasar nada – respondió.
Eusebia dio media vuelta sobre su talón y fue caminando con pequeños pasos haciendo ruido cada vez que pisaba. El sótano era un lugar oscuro y frío, ruidoso, a veces se escondía José para asustarla por eso evitaba bajar a este. Aquella noche esperaba quedarse despierta para ver la llegada de Papá Noel, el año pasado se había quedado dormida pero según le dijo Graciela, que lo vio, este estaba más gordo de lo habitual. Su mamá cocinaba desde dos días antes ya que además esa noche iba a estar su tío Rubén con su nueva novia. Abrió la puerta del sótano y escuchó ruidos ahí dentro, como golpes, le dio miedo pero bajó igual despacio sin hacer mucho ruido, y ahí en una esquina estaba su papá en cuclillas guardando en una caja de madera las distintas cosas que a veces usaba su madre.
- ¿qué estas guardando? – preguntó Eusebia apareciendo por la espalda de su padre.
- cosas que hay que mantener a salvo.
- ¿no son las que usa mamá los domingos?
- sí, pero hay que guardarlas, hay que tener cuidado.
- ¿cuidado de qué? –preguntó un poco asustada Eusebia
- de la gente mala.
- ¿cuál gente mala?
- como la que saqueó la iglesia el otro día – respondió Pietro mirándola a los ojos.
Eusebia retrocedió unos pasos. Pietro la agarró y le hizo upa.
- tranquila, no nos va a pasar nada pero por si acaso hay que tener cuidado. No le cuentes a nadie lo que viste, hoy en día la gente habla demás y hay que ir con cuidado ¿me entendiste?
Eusebia afirmó con su cabeza. – ¿me pasarías los duraznos en conserva?
El padre la soltó, se dirigió a un estante y le pasó un frasco que ella tomó y fue corriendo hasta arriba.
“Gente mala” esa palabra había quedado resonando en la cabeza de Eusebia y no sabía a cuál de sus hermanos preguntarle. Se decidió por Claudia que estaba en la casa, no era chismosa como Beatriz ni la agrandada de Graciela y menos jodona como José.
- ¿qué es gente mala? – preguntó entrando a la habitación que Claudia compartía con Beatriz.
- ¿quién dijo eso? – preguntó Claudia mientras se cepillaba el cabello y soñaba con parecerse a Tita Merello.
- padre lo dijo – respondió tímidamente.
- ¿por qué lo dijo?
Eusebia calló, no sabía qué decir, lamentó haber abierto su bocaza.
- si lo dice papá es por los peronistas, si lo dice mamá debe ser por las vecinas chusmas del barrio, ¿quién lo dijo? – preguntó Claudia mirándola.
- nadie – respondió Eusebia y salió corriendo de la habitación.
Por la noche durante la cena se preguntó por qué se hablaba tanto de la “gente mala” y miró con desconfianza a la novia del tío Rubén por lo que prefirió sentarse cerca de su abuela que se la pasaba pellizcándole sus cachetes. Pasadas las 11 salieron al jardín con José a mirar si veían a Papa Noel mientras su hermano asustaba los gatos del vecino.
- no hagas eso Josecito – dijo en reproche Eusebia- porque Papa Noel anota estas cosas, espero que este año no te traiga nada.
- ¡si me porto bien!
- no digas mentiras… ¿a vos te gusta la novia del tío? – dijo Eusebia luego de hacerle una mueca a José por su comentario.
- si me cayó bien
Eusebia lo miró con desconfianza pero en el fondo lo admiraba. Se abrió la puerta del jardín – vino papa Noel – les dijo Beatriz. Y salieron corriendo al living donde estaba la familia reunida. En el árbol estaban desparramados los regalos y se los fueron pasando. Este año a Eusebia por fin le tocó la muñeca que tenía ya Marita, su amiga.
IV
- dale Claudia apurate –dijo Beatriz con un cigarrillo en la boca. Claudia llegó corriendo a la puerta del cine, se había retrasado mirando una pollera en un local de moda.
- dejá de fumar, cuando se entere papá te va a matar – la acusó Claudia.
- no seas paqueta, tenes que ser más moderna, ¿no ves que en las películas se la pasan fumando? – dijo Beatriz y le pasó un cigarrillo a Claudia.
Claudia lo observó un instante, algunas chicas de su clase ya habían empezado a fumar imitando a los muchachos con los que se frecuentaban después del colegio. Lo agarró y lo puso entre sus dedos imitando a su hermana, aunque con un poco más de elegancia como había visto que lo hacían en algunas películas. Cuando Beatriz le pasó lumbre Claudia tosió inmediatamente por lo que su hermana largó unas carcajadas.
- así se empieza, ¿Qué vamos a ver hoy? – preguntó Beatriz.
- yo quiero ver Deshonra, la nueva película de Tita Merello.
- no, que opio, veamos otra cosa algo más entretenido “¡Qué rico el mambo!” puede ser.
- no, esa no, dale veamos deshonra y otro día vemos esa – exclamó Claudia
- bueno – dijo pensativa Beatriz tras unos segundos- pero después me acompañas al café y hablamos con algunos muchachos.
Claudia se sonrojó y prefirió no haber insistido tanto con la película.
- dame dos tickets para Deshonra – le dijo Beatriz con una gran sonrisa al chico que vendía las entradas.
- qué película más aburrida por favor –dijo Beatriz ya sentada en una mesa junto a la ventana de una cafetería. Sobre la mesa tenía servido un café al que le agregó el contenido de una petaca que sacó de su bolso.
- ¿qué haces? – exclamó Claudia estupefacta.
- dale, es para darle un poco más de sabor, que aburrida que sos… casi no pareces mi hermana – le reprendió Beatriz.
Claudia hubiera hecho la señal de la cruz si no le hubiera parecido ridículo hacerlo en ese contexto. Tomó un sorbo de su café con leche y mordió un pedazo de la medialuna. Su hermana tenía razón, no se parecían en nada, Beatriz constantemente estaba haciéndose notar mientras que ella prefería pasar desapercibida.
- mirá quienes vienen por ahí, Justo y su amigo Mateo – advirtió Beatriz. Claudia se dio vuelta para observarlos, a ella le gustaba Justo, un chico delgado dos años mayor que lucía siempre el pelo engominado. Beatriz les chifló y los muchachos se acercaron.
- ¿cómo andan? – preguntó Mateo.
- salimos del cine, vimos Deshonra, nos encantó, muy linda película – respondió Beatriz sin dudar y con una sonrisa en dirección a Justo.
- sí, la queríamos ver, con la Merello ¿no? – preguntó Justo.
- sí, con ella y está divina – apuntó Beatriz. – ¿a dónde van?
- vamos a Palermo que está soleado – respondió Mateo- ¿se apuntan?
Beatriz miró a Claudia que bajó la mirada.
- sí, nos gustaría – respondió Beatriz mirando a Justo.
Claudia la pateó por debajo de la mesa. – Yo no sé si voy a poder ir – acotó- mañana tenemos examen.
- vos tendrás examen yo no, dale vení con nosotros – le respondió la hermana.
- no – dijo tajante.
- discúlpennos un momento ahora vamos – les dijo Beatriz a los chicos y estos caminaron unos metros.- ¿qué haces? ¿Por qué no queres venir? No seas aburrida, vos te quedas con Mateo y yo con Justo.
- no, no quiero, no está bien –respondió Claudia pensando en el intercambio- mamá y papá nos van a matar si se enteran que fuimos a Palermo con ellos, ni loca, anda vos.
- dale no me dejes sola, dale, vení –insistió tomándola del brazo.
- no, anda vos… mentirosa…. Si no te gustó la película por qué decís que sí.
- es para quedar bien, no sé, tenes que ser más suelta, más moderna – le replicó- sino vas a terminar como mamá – sentenció y se levantó.
- ¿por qué decís eso?
- no te hagas la otaria, ya sabemos lo que dicen en el barrio de papá. Nos vemos más tarde, aburrite y quedate sola – le dijo Beatriz y se marchó junto a los muchachos.
Claudia se quedó mirándola cómo se alejaba, terminó de comer su medialuna y la que había dejado su hermana, por unos instantes observó el café a medio tomar de esta, lo agarró y estuvo a punto de darle un sorbo pero lo dejó. Luego de un rato se levantó y se volvió caminando hasta la casa. Abrió la puerta despacio, para no hacer ruido, pero no hacía falta ya que desde la cocina se oían gritos.
- ya sabes lo que pienso y lo que dicen en el barrio de tus visitas médicas – se escuchó la voz de Juana y luego un golpe.
- la última vez que te oigo insinuar eso, ¿o le haces caso ahora a la chusma del barrio? gracias a mis visitas médicas que podemos comprar un televisor, un auto, vivir en esta casa, darte tus gustos, las joyas. – respondió Pietro alterado.
- sí pero...
- ¿pero qué? Mierda, si me echaron del hospital por no querer ser parte del partido ni tener una foto de él en mi consultorio, fascistas eso es lo que son… - Pietro siguió hablando pero Claudia ya había subido las escaleras hasta su cuarto y cerrado la puerta.
V
- deme una manzana azucarada y uno de esos algodones de azúcar – Luca sacó de su bolsillo unas monedas y pagó al hombre. Le dio la manzana azucarada a Graciela y siguieron caminando por el parque Retiro, la feria se llenaba los domingos al mediodía por lo que fueron por la tarde para poder así subirse a algunos juegos. Graciela llevaba puesta la chaqueta de Luca sobre sus hombros y en una de las manos llevaba el peluche que había ganado este para ella. Bajo la farola que colgaba un muérdago Luca la besó.
- podríamos casarnos – dijo de pronto Luca mientras hacían fila para el carrusel – ya tenemos edad y yo tengo un puesto que puede llegar a ser importante en el ministerio. Tu papá no puede decirme nada con eso.
- mi papá puede decir todo, pero mejor si no se entera cómo conseguiste el puesto –le dijo con una mirada pícara Graciela.
- ay Graciela, eso no es lo importante, lo que importa es lo que puedo llegar a ser ahí, poder comprarnos una casa grande, que nos respeten…
- ayudar a la gente – deslizó Graciela ante el olvido de Luca.
- sí, también eso – pareció recordar Luca mientras se subían al carrusel, una de las pocas atracciones disponibles en ese momento. – lo decís como si ser peronista fuese un pecado, nosotros a gente como ustedes les decimos gorilas.
- uh, uh, uh – dijo entre risas Graciela haciendo gestos simiescos – acá, según Darwin somos todos simios.
- shh, baja la voz a ver si te miran mal – dijo Luca confidente y mirando a los costados pero nadie les prestaba atención.
- no sé, a mi papá no le va a gustar la idea que nos casemos. Aún proviniendo de pueblos vecinos en Italia. ¿Vos sabes por qué se vino papá no? Huyendo de Mussolini, que ahora parece ser una mala palabra pero antes no lo era.
- cosas del pasado, ya a nadie le importa – comentó Luca sin mucho interés- lo importante es lo que podemos hacer acá, yo, el partido, la gente, mira que contentos están todos hoy un domingo en su día libre. Como Dios manda.
- aún así.
- dale dejate de embromar, no somos Romeo y Julieta, los que hoy son una cosa ayer eran otra y mañana quién sabe, así somos los argentinos – dijo Luca en coincidencia al carrusel que se detuvo. Ambos se bajaron y siguieron caminando por la feria. Solo quedaban familias con hijos pequeños y los enamorados como ellos.
- podemos ir a la casita del terror o a los espejos esos que te hacen deforme – propuso Graciela.
Caminaron hasta una carpa que no había fila y en su entrada un cartel clamaba “vea su verdadero yo… y horrorícese”. Al entrar caminaron de la mano por un pasillo que daba vueltas como un laberinto mientras la luz de afuera se iba diluyendo hasta que llegaron al centro de la carpa, un pequeño salón iluminado con luces puntuales de distintos colores que según donde uno se posaba daba en un ángulo distinto y sumado a los espejos devolvían distintas imágenes.
- con razón nadie entra – exclamó Luca – somos horribles.
Graciela se rió y lo abrazó. La imagen que les devolvía el espejo era grotesca.
- ¿no estamos divinos? – dijo Graciela contenta – así somos. Feos, grotescos y vulgares, me gusta.
- ¿sí? – preguntó Luca contrariado.
- Bueno, veremos que hacemos – dijo Graciela, si bien le gustaba Luca no quería casarse, primero quería ser enfermera como lo había sido su madre aunque su padre no lo terminara de aprobar. Para cerrar ese momento le dio un beso rápido y huyó de la sala.
VI
- mamá no oye nada – dijo Marcela a Carolina mientras cortaban una porción de torta que había quedado de la navidad- está como perdida además, pregunta por papá, esta semana la vamos a llevar al médico.
- y si, ya están grandes. Che y ¿vos con tu marido cómo andan? – dijo Carolina apoyándose sobre la mesada de la cocina.
- qué se yo, remándola, por los chicos sobre todo.
Carolina tomó la bandeja en las que habían estado sirviendo la torta y se dirigieron al living donde se encontraban las cuatro hermanas.
- te digo que las joyas las estuvimos buscando y ni una marca había en la pared – dijo Beatriz.
- que boludo papá, murió y nunca dijo dónde estaban escondidas, seguro que si hoy vamos las encontramos – aportó Claudia
- no las encontramos antes menos ahora – respondió Graciela.
- con uno de esos detectores de metales, si es que no las encontraron ya – concluyó Claudia.
- ¿todavía siguen con el tema? – preguntó Marcela.
- y si querida, qué queres, si es lo único que las entretiene es la plata – reprochó Eusebia.
- habló la millonaria, dale, lo que queremos saber es por qué las escondió– replicó Beatriz
- ya lo dijo Euse, por el peronismo – volvió a repetir Claudia.
- no, para mí fue por mamá – aportó Graciela – para que no se vaya de casa, si se llevaban como perro y gato ellos, siempre quejándose de papá pero cuando ya no estuvo no sabía qué hacer y de quién quejarse.
Carolina suspiró y miró a Marcela.
VII
- decile a papá que cuando termine en el sótano suba que se tapó la bacha de la cocina – le pidió Juana a Josecito. Habían vuelto de misa y su mamá estaba preparando el almuerzo. Aquel domingo José se levantó sin ganas de ir a misa, los últimos años habían empezado a ir todos obligatoriamente los domingos pero esta era una fecha especial decía el padre. Por la mañana desayunaron y vistieron para la ocasión, fueron a la iglesia de toda la vida y encontraron asiento cerca del altar. El padre José dio la misa, aburrida y en latín, después a la vuelta su padre aprovechó a comprar facturas en la panadería en la esquina de su casa.
- ¿qué estás haciendo? – le dijo Josecito al padre cuando lo vio agachado en el sótano cerca de la pared.
- recuperando unas cosas, ¿sabes qué día es hoy? Hoy es se cumple un año de nuestra liberación
-¿liberación? – preguntó intrigado José, no se sentía más libre que antes.
- “es difícil liberar a los necios de las cadenas que veneran” dijo Voltaire – contestó Pierto mirándolo al hijo (cómo recordaría esas palabras en el futuro).- ahora tal vez no lo entiendas pero es muy importante entender las diferencias entre igualdad, justicia y libertad.
- ¿cómo? – preguntó José al ver el cofre que su padre tenía entre manos, ahí se encontraban las famosas joyas que habían sido guardadas.
- las tres tienen el mismo valor y ninguna puede valer más que la otra, sino en nombre de una, socavamos las otras.
- no entiendo – dijo inocente José.
- no importa, que esto quede entre nosotros – dijo Pietro tras un suspiro y señalando el cofre- gracias a la revolución libertadora ahora voy a poder recuperar mi puesto en el hospital, vamos a poder comprar un auto, mejor al que tuvimos que vender, tal vez podamos viajar….
José se quedó mirando aquel cofre que para su padre representaba tanto, más tarde almorzarían pastas como todos los domingo y por la tarde le diría a Alfredo de ir a jugar a la pelota a la plaza.



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