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El cartero

  • 17 ene 2024
  • 7 Min. de lectura

 


 

“They say we're young and we don't know, won't find out until we grow, I got you babe, I got you…” siguió sonando la canción en el despertador indicando que ya eran las 6.30 am. José se tomó unos minutos para abrir sus ojos moviendo todos los dedos de los pies como si aquello fuera a despertarlo y se incorporó lentamente. Bien podría dormir 30 minutos más pero sabía que en ese horario Raquel, la mujer con quien compartía el baño de la pensión, se duchaba. Levantó la persiana unos centímetros y esta chilló. La luz exterior era tenue, estaba nublado y le dolían un poco los huesos, señal de la tormenta que se aproximaba. Se calzó sus pantuflas, destrabó la puerta que lo separaba del resto de los inquilinos y caminó hacia el baño ubicado al final del pasillo.

 

Las paredes del hotel habían perdido su lucha contra la humedad y el dueño no tenía la más mínima intención de arreglar nada de este. Decía que ya era bastante con no vender el terreno y echar a sus inquilinos a la calle. José se pegó frente a la puerta del baño cuyo vidrio esmerilado siempre dejaba entrever la silueta de su ocupante. El vapor hacía más nublosa la visión y al cerrarse la ducha y correrse la cortina dejó entrever una silueta. José se apoyó contra la pared para no ser visto y miró por el rabillo de la cerradura, creyó ver algo de piel cuando oyó la mano del ocupante girar la perilla. Este se enderezó y miró despreocupadamente al techo.

 

- no para de avanzar esta humedad, voy a tener que decirle algo… - comenzó a decir.

- sí, es cierto – respondió una voz masculina del otro lado, era Carlos el nuevo novio de Raquel. Este pasó envuelto con una toalla y se dirigió al fondo del pasillo hasta la habitación de Raquel.

- creía que no se permitían pernoctantes en este antro –dijo José por lo bajo y entró al baño repleto de vapor.

 

Se miró al espejo y no se agradó. Estaba perdiendo cabello, ya tenía algunas arrugas y la barriga era cada vez más prominente. No sabía qué hacer, todos los días estaba en la calle, caminaba… algo le debía estar pasando.

 

 

Desayunó su pan con manteca y mermelada que guardaba celosamente en la heladera con su nombre escrito y cuando no había nadie en la cocina le intercambiaba a Justo, un viejo que vivía bajo de él, rodajas de su pan barato por uno mejor. Lavó su tasa, agarró su bolso y salió. Afuera lo esperaba Rayo, como él había bautizado a su pequeña moto que había conseguido comprarse con la plata del seguro. Las ruedas se aplastaron al subirse, le dio marcha y salió haciendo zigzag.

 

Ya dentro de la oficina vio el manojo de cartas que le correspondían, casi todas facturas, algunas personales, multas y hasta un paquete. Desde que había comenzado a trabajar en el correo, 20 años atrás, el ritmo del trabajo había disminuido considerablemente. Pronto las facturas iban a desaparecer, todo era digital menos él pensó. Volvió a tomarse una taza de café y se engulló la última medialuna visible. Saludó al jefe, y en su interior, deseó que lo despidieran y así poder ocupar su puesto. Salió de la oficina.

 

- cada vez más gordo vos, ya no caminas más desde que tenés la motito – le dijo el portero de Arengreen, un viejo conocido.

 

José revisó el manojo de cartas y contó 7, el mes pasado eran como 12, a este ritmo ya no iba a tener que pasar por aquel edificio.

 

- envidioso, al menos no estoy todo el día acá anclado, ya vas a ver cómo te van a reemplazar por esas maquinitas

 

El portero hizo un gesto con la mano – ni me digas, ya pusieron una en el edificio de al lado.

Che ¿no te trajiste nada para la lluvia? Mira que hoy caen soretes de punta.

 

José abrió grande los ojos, se había olvidado el piloto, ya no iba a llegar a buscarlo. Se quedaron en silencio mirando un rato la gente pasar hasta que comenzaron a caer unas finas gotas de lluvia.

 

- así que bueno, sigo viaje, saludos a la bruja –dijo José subiéndose a la moto y dándole arranque. – nos vemos el mes que viene – dijo mientras se alejaba.

 

La lluvia era fina pero constante y si bien tenía una campera la llevaba abierta por el calor que le hacía sentir. Las cartas estaban a resguardo en un bolso impermeable que a pesar de su desgano generalizado esa parte del trabajo la hacía bien. El tráfico se volvió más denso a medida que pasaban las horas, había poca gente caminando, todos estaban arriba de algún coche o a resguardo bajo techo.  Estacionó la moto en una esquina. Iba a tener que caminar esa cuadra ya que en la mayoría tenía que repartir multas, cuentas e intimaciones. Fue casa por casa, le gustaba observar el interior de estas cuando le abrían la puerta. A veces miraba desde la ventana al interior, una tele encendida, un chico jugando, el mobiliario. Lo hacían soñar con otra vida, al menos esporádicamente.

 

Al llegar a lo de Griselda se detuvo, no había carta para ella pero aun así llamó a su timbre.

La puerta se abrió y una señora se apareció tras esta. Era pequeña, de piel arrugada y pelos completamente plateados.

 

- José, que sorpresa, ¿hay carta para mí?

- no, hoy no pero quería saber cómo estaba.

- pasá, pasá –le dijo cortésmente, José sabía que le esperaban unas masitas y café caliente.

 

Se sacó la campera mojada y limpió los zapatos en la entrada. Pasó directamente al living, era una casa de un solo piso, amplia y bien iluminada salvo aquel día. Se sentó junto a la ventana para poder contemplar la lluvia y a los transeúntes. Apoyó sobre la mesa su bolso, esta era de una madera robusta, suave, y mientras Griselda se encontraba en la cocina él sacó el resto de las cartas que le quedaban por entregar. Eran todas por la zona y una de ellas estaba abierta, debía haber sido la lluvia que se filtró e hizo despegar el sobre aunque el resto de las cartas estaban intactas... No era la primera vez que podía acceder a estas, a veces se las llevaba a su habitación para leerlas y reírse un rato de las vidas ajenas, nunca encontraba nada de valor ni perjudicial, aun conservaba su honor. Solo las leía. Revisó el sobre que contenía nomas la dirección del remitente. La carta estaba fechada con el día 23 de abril.

 

- ¿a qué día estamos hoy? – preguntó José en voz alta.

- hoy es 21…- respondió a lo lejos Griselda – ¿por?

 

José no le respondió, una carta fechada para un día que aún no había llegado… La leyó por arriba, era una carta extraña, hablaba del futuro de una persona como premoniciones.

 

La leyó dos veces y quedó más confundido que al principio. Parecía dar indicaciones…

 

-  ¿no estarás leyendo una carta? – dijo Griselda apoyando una bandeja sobre la mesa.

- no, claro que no. – y la apoyó cerrada sobre la mesa. – ¿crees que nuestro futuro está escrito? – dijo José aún perdido en sus pensamiento tras una pausa.

- ay que filosófico estas hoy – exclamó Griselda – no sé, no creo, va yo que sé, nunca me enteré – dijo y se rió. – Comé que están ricas - y señaló las masitas.

 

José tomó la taza de café con las manos temblorosas por la confusión que tenía. Debía de ser una broma, si, de eso se trataba y al apoyar la taza sobre su plato con decisión volcó café y este comenzó a desparramarse sobre la carta. La tomó y vio como la tinta empezaba a corroerse volviendo garabatos las palabras que llevaba escritas. La mitad de la carta se había perdido por completo. José quiso gritar y zarandear a la vieja pero se contuvo. Ya vería que hacer.

 

 

Quedaba la última carta del día.

Se dirigió a un bar, había dejado de llover con fuerza pero las nubes aun cubrían el cielo. Nubes espesas a la espera de volver a arremeter con furia. Miró el charco de agua que se formaba en la canaleta de la vereda y como la llovizna hacia burbujear al charco. Dio un mordisco a su sándwich para luego tomar un sorbo de gaseosa, el murmullo de la gente disimuló su eructo. Tenía la carta en la otra mano ya sucia y borrosa. Tomó papel y una birome que pidió prestada en el bar. Podía copiar las frases sueltas e inconexas que recordaba o hacer un nuevo relato. De por si era delirante la situación, extraña, ir un poco más allá no haría daño.

 

Miró a su alrededor. La gente era indiferente estaba en su propio mundo. Cambió el tono optimista de la carta por uno más pesimista, comenzó a delirar, un poco llevado por la envidia que le generaba tanto positivismo rebosante de la carta. Cuando terminó la leyó en voz alta, como se iba a reír aquella noche pensando en el día de hoy. Sacó unos billetes para pagar y estaba de tan buen humor que hasta dejó propina y salió a la calle bajo la lluvia olvidándose de su moto. Tenía la carta bien guardada. Caminó unas cuadras y se detuvo ante la puerta, iba a deslizar el sobre dentro el buzón pero se detuvo. Tocó el timbre y esperó. Miró la lluvia y sintió ese dulce aroma que a veces desprende cuando abrieron la puerta.

 

Un hombre delante de él. José no tenia parientes pero aquella persona bien podía serlo, mas avejentado y panzón. Calvo pero con pelos largos saliendo de la parte trasera de su cabeza haciéndolo parecer más ridículo. Y con su mismo color de ojos.

 

- esta carta es para usted -  dijo con voz entrecortada y más confundido aún.

 

El hombre la tomó, lo miró a los ojos y hubo una extraña conexión acentuada por el sonido de un trueno que hizo temblar la tierra.

 

- ¿qué haces José? – dijo una voz por detrás de él y mirando al hombre que sostenía la carta en la mano.

 
 
 

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