El maletín
- 1 oct 2023
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Un sol intenso de febrero, desolado y sin nubes, donde los pájaros no se atrevían a cantar, el pasto moverse y los pocos árboles que había escondían la sombra como un tesoro.
Una negra silueta se desprendió de la lápida y proyectó sobre las blanquecinas rodillas de un chico vestido al apuro y sin ganas, esperando volver a su casa para disfrutar los últimos días de vacaciones. Dejó un par de flores sobre la tumba y se alejó junto a su familia.
Lucas vivía en un edificio cuyo patio era amplio, ahora solitario, y donde años atrás los chicos de su edad se juntaban a jugar a la pelota. Él prefirió estar ahí, mirando el cielo por si encontraba alguna nube. A veces echaba un vistazo al primer piso donde se encontraba Érica, la chica que le gustaba. Esta vez solo miró de reojo y sin interés. Quedaban algunas horas para la cena y ya tenía organizado, por su madre, los próximos días. Buscó en su celular el grupo de chat de sus amigos del colegio pero ninguno había escrito en los últimos días, estarían de vacaciones pensó, o como él iba a ir a otro secundario tal vez ya no escribían. Mientras su mente vagaba por estos pensamientos oyó un golpe, el caer de un objeto que sonó pesado. Levantó su cabeza con curiosidad buscando la dirección por donde había caído pero no vio nada.
Un rato después sonó el teléfono, era su papá que lo llamaba a comer. Largó un suspiro, se incorporó lentamente y al pasar por la arcada en dirección al ascensor tropezó con un objeto. Bajó su mirada para insultarlo y se encontró con un maletín. Era pequeño pero elegante, forrado en cuero y con pestillos dorados. Se acercó y lo levantó, no pesaba nada, pero cuando lo sacudió escuchó que algo había dentro. La chicharra del ascensor lo alertó, escondió el maletín tras sí y vio como la señora del 4to pasaba por delante de él observándolo. Ni bien se fue tomó el ascensor y se dirigió a su piso.
Lucas se sentó a la mesa, sin ganas de comer, en donde el sonido de los cubiertos chocando contra los platos y la televisión encendida en el fondo llenaban el espacio.
- son los últimos días de vacaciones… - mencionó su padre intentando romper el silencio.
Lucas respondió levantando la ceja y con un largo suspiro. Su madre dejó el tenedor en el plato. Miró a su esposo y luego al hijo.
- Lucas... - dijo su madre con voz suave.
Pero éste sintió un nudo en el estómago. Sabía lo que dirían. Sus padres siempre haciendo cuentas…
- Lucas - dijo su padre, con tono conciliador - Entendemos que estés molesto, pero tenes que comprender…
- No tengo nada que comprender - dijo Lucas, levantándose de la mesa y yendo a su habitación.
Lucas cerró la puerta con fuerza y se tiró en la cama. Se dispuso a abrir el maletín cuando llamaron a la puerta, lo guardó rápidamente bajo ella y se acostó. No tenía ganas de hablar con nadie. La puerta se entreabrió dejando pasar la luz y una silueta se recortó tras ella, lo observó, al irse el silencio reinó en el hogar.
Se sentía grande para andar saliendo de compras con su madre aunque las veces que se había quedado solo en su casa, le invadía el terror de que alguien reptara por el edificio y entrara por la ventana.
Caminaron por el barrio, compraron carpetas, biromes, hojas y al final, ya cansados, entraron a una tienda de ropa. Los últimos meses había pegado el estirón y los pantalones le llegaban a los talones. Seleccionó algunos y se encaminó con desgano al probador cuya única separación con el resto del negocio era una fina tela que apenas cubría los extremos. Observó por el rabillo del ojo que en el vestidor contiguo había una mujer cambiándose dejando entrever algo de piel. Apresuró su paso y entró al suyo. Cuando estaba probándose el segundo pantalón oyó la voz de su madre preguntándole cómo le quedaban, que quería verlos. Con desgano corrió la cortina y vio de espaldas que la chica del probador había ido al colegio con él. Sintió un calor que le subió por el cuerpo, corrió rápidamente la tela y se ocultó tras esta. Hizo tiempo mirando su celular, rogando que no lo viera. Aprovechó a quedar con algunos de sus amigos y cuando salió su madre lo esperaba en la caja. Llevó solo uno de los pantalones, no quería que gastaran más de lo debido.
Por la tarde, cuando el calor amainó, se encontró en la plaza con sus amigos. Tenían una rutina: tirar pelotazos contra un paredón para luego ir a jugar un rato a la play. Esta vez no fue así, no sabían si era por la pesadez del día, el final de las vacaciones o simplemente que esta cotidianidad que tenían ya no iba a sostenerse, por lo que rápidamente se sentaron sobre una de las gradas mirando cómo andaban otros chicos en skate.
— ¿Viste que Julián al final también se queda en el colegio? —dijo Joaquín y Lucas se sintió un poco avergonzado o molesto, era de los pocos que se iba a cambiar.
— Se va a quedar por Romina seguro. —agregó Andrés, guiñándole un ojo.
Lucas sintió un nudo en la garganta. Él también quería quedarse, pero sus padres habían decidido otra cosa.
—Sí, yo qué sé —respondió Lucas, con voz apagada. No quería admitir que le importaba.
—Vamos, no te pongas así —dijo Andrés dándole una palmada en la espalda—. ¿Por qué no les decís a tus viejos que querés quedarte?
Lucas se quedó callado, incómodo, sin saber qué decir.
- ¿vamos a casa a jugar al minecraft? —intervino Joaquín notando el silencio incómodo.
—Yo me vuelvo, tengo que ayudar a mi vieja con unas cosas —mintió Lucas. Se despidió con un gesto y se fue.
Caminó lentamente hasta el edificio, saludó al portero y si bien estaba solo se encerró en su cuarto. Agarró una pelota de tenis y la empezó a lanzar al techo, uno de los golpes rebotó contra la pared para salir disparada a esconderse debajo de la cama, golpeó algo y luego silencio. Lucas soltó un largo suspiro y giró al piso, la pelota había chocado contra el maletín abriéndolo. Lo trajo hacia sí y lo abrió por completo, el maletín estaba en buen estado, era refinado y dentro de este había un paquete de galletitas de chocolate. Las observó, no había nada raro en ellas, el paquete estaba cerrado. Su estomago crujió incitándolo a abrir el paquete, comió la primer galletita, un poco dura y amarga que le dejó un gusto extraño en la boca. Costó que se deslizara por su garganta y cuando llegó por fin a su estomago, brotó de sus entrañas un pensamiento interno: ¿qué es lo que deseaba? Y tuvo una visión, como un retroceso a lo ocurrido en el día, estaba nuevamente en la tienda pero esta vez corrió la tela del vestidor y allí se encontraba Érica…
El sonido del timbre lo trajo nuevamente a la realidad, se acercó hasta la puerta y al abrirla ella estaba ahí… Érica apoyo su dedo sobre su pecho y lo dirigió hasta sus labios para luego escaparse tras la puerta que llevaba a las escaleras de emergencias. Lucas fue tras esta, la oía bajando, asomó su cabeza por el hueco de las acaracoladas escaleras y Érica le devolvió la mirada. Él dio unos pasos tras ella cuando oyó la voz de su padre que lo llamaba, le entraron arcadas y volvió.
El primer día de clases lo hicieron pasar al auditorio junto a todos los del primer año. No conocía a nadie, quiso sentarse detrás de todo pero lo mandaron a sentarse en las primeras filas. La directora dio su discurso de presentación mientras él se distraía pensando en lo ocurrido los días previos y cuán real había sido la experiencia. No había vuelto a comer ninguna galleta… igualmente las había llevado consigo en su mochila. Antes de entrar al aula, comió una. Como preventivo, pensó, y deseó que aquel día todo saliera bien. En el aula pudo sentarse al fondo y no fue el único alumno nuevo en el curso. Aquel día transcurrió sin sobresaltos, un primer día perfecto, por lo que al llegar a su casa pensó cómo hacer para que todo un paquete le dure al menos un año.
Se recostó sobre la cama a jugar con su pelota de tenis, mientras su mente se debatía entre las distintas posibilidades. Sentía una mezcla de curiosidad y temor por el maletín que guardaba bajo su cama, ¿debía volver a usarlo? Si comía un pedacito de galleta podía ir fraccionándolas aunque era una tentación no terminárselas de un bocado por lo que decidió partirlas todas y comer solo de a migajas. Luego se dirigió al patio del edificio a ver si podía ver de dónde había caído el maletín, tenía que ser de su torre y por el sonido había caído de un piso muy alto. Miró las distintas posibilidades. En el edificio había 9 pisos, sólo podían ser los del departamento D pero no supo que más pensar. Cuando llegó a la ventana de Érica se detuvo a observar, alguien apareció tras esta y él se escondió. Qué bien le vendrías una de esas galletas ahora, y cuan real había sido lo del otro día…
Vio su celular, todavía le quedaban un par de horas de soledad, por lo que corrió hacia su habitación y de un bocado se comió un puñado de galletitas pensando en que estaba solo en su casa y en Érica, de pronto sintió un escalofrío recorriéndolo, escuchó un ruido en la habitación contigua, una mano estaba tratando de abrir la ventana. Sin pensarlo cerró todas las persianas y huyó de su casa.
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El frío comenzaba a abrirse camino, las hojas se secaban y caían. Lucas sentía un nudo en el estómago cada vez que pensaba en el maletín que guardaba bajo su cama. No había vuelto a pedir ningún deseo, temía de sus propios pensamientos. Los primeros meses de colegio habían sido duros sobre todo sin la protección que le otorgaba el contenido del maletín. A su compañero de banco lo tenían de punto y por ahora él venía zafando. Generalmente caminaban algunas cuadras juntos ya que compartían parte del trayecto y al igual que Lucas también lo habían cambiado de colegio.
- ¿jugas al minecraft? –le preguntó Carlitos mientras se acomodaba los anteojos.
- a veces – le respondió pensando en todas las partidas que había jugado con sus amigos.
- ¿queres venir a casa a jugar? … o podemos hacer una partida online vos desde tu casa, cómo quieras – se apresuró a decir.
- dale, podemos armar un servidor y jugar – respondió pensando que prefería hacerlo desde su casa para que no lo vieran con él.
Jugar de a dos no era tan divertido como en comunidad, pero al menos lo distrajo un rato. Se entretuvieron hasta que el servidor empezó a fallar y tuvieron que abandonar la partida. Guardó la play en el cajón con resignación, encendió la luz y se quedó observando al maletín bajo su cama. Lo abrió y revisó con detenimiento. Había unas iniciales en él: J. Martínez. Luego tomó el paquete de galletitas, debajo de las calorías había una muy pequeña inscripción: ‘No todas las fantasías están para ser cumplidas’
- ¿conocen algún J. Martínez en el edificio? – preguntó Lucas durante la cena, para sorpresa de sus padres y mirándolos de reojo.
- ehh. Creo que no ¿por? – contestó la madre mientras comía con delicadeza el pollo.
- por nada, creí escuchar a alguien mencionar ese nombre en el edificio - mintió Lucas, bajando la mirada.
- ¿y cómo va el colegio? – preguntó el padre tras una pausa pero la conversación no fue más lejos.
- ¿Ya son novios con Carlitos? – dijo Pedro con malicia.
Lucas se levantó de su pupitre y se abalanzó sobre Pedro. Forcejearon hasta que la profesora los separó y los envió a rectoría.
Mientras caminaban por un largo pasillo, Lucas escuchó a Pedro murmurar algo entre dientes, burlándose de él. Buscó en su bolsita una gran cantidad de migajas de galletitas. Las deglutió con ansiedad, pensando que tal vez así podría cambiar su suerte. De pronto, el suelo comenzó a temblar, las paredes moverse, las luces a parpadear. Se oyeron gritos y los alumnos salieron disparados de las aulas. El bullicio y la marea los fue expulsando del colegio. Una vez afuera, Lucas vio el caos que se había desatado y huyó corriendo sin dirección aparente. Se sintió asustado, le costaba controlar sus deseos. Cuando se detuvo se encontró frente a la entrada del cementerio.
Ya sabía el camino que debía tomar. Una lápida antes se detuvo. J. Martínez decía en esta, casi se desmaya pero una señora lo sostuvo por detrás, era la señora del 4to piso.
- ¿usted es la señora del…? – preguntó para cerciorarse.
- sí y vos sos quien tiene el maletín, ¿exacto? – le respondió.
- sí pero… como…
- era de mi marido, lo tuvimos por años… – dejó inconclusa la frase y el sentido de esta.
- ¿y también había galletitas? - La señora se rió.
- no, va cambiando el contenido según su dueño.
Lucas llegó a su casa agotado. Recordó el maletín que guardaba bajo su cama, lo abrió y sacó el paquete de galletas. Tiró las migajas al inodoro que flotaron inertes sobre el agua, una voz interna lo hizo dudar pero termino tirando del botón ante la idea de tener que volver a recoger algo que había estado en el inodoro. Luego, cerró el maletín y lo bajó a la basura, se sintió más liviano.
Las semanas siguientes no tuvieron clases, ¿qué había sucedido en la escuela?, y en ese ínterin Carlitos lo invitó a su casa. Al comienzo dudó pero terminó yendo. Vivía en una zona de casas bajas sin edificios en la cercanía. La fachada de una piedra rugosa le hacía acordar al de una fortaleza. Tocó el timbre y esperó que lo atendieran, ni bien se abrió la puerta, apareció una señora vistiendo un delantal e inmediatamente tras ella apareció Carlitos, que lo invitó a pasar. Era una casa de dos pisos, amplia y en penumbras. Anduvieron con cuidado mientras Carlitos le enseñaba la casa, le dijo que su abuela estaba durmiendo la siesta. Los muebles eran de una época remota al igual que la habitación de él, no parecía a la de un chico de su edad.
- qué locura lo del colegio - exclamo Carlitos.
- ¿por qué te cambiaste de colegio? – quiso saber Lucas cambiando de tema mientras mantenía su mirada a la partida del minecraft.
Al comienzo hubo un silencio pero luego Carlitos acotó – porque nos mudamos a esta casa cuando mi abuela enfermó – ¿y vos?
Lucas buscó una mentira pero le surgió decir – ya no podían seguir pagando el otro colegio - dijo avergonzado.
Carlitos lo miró brevemente, hizo una mueca y siguió como si nada. -Nos mudamos hace unos meses, mi abuela nos necesita, vivía sola.
- ¿Y tus papás? – quiso saber Lucas.
- Mis papás trabajan mucho. Él es ingeniero, y mi mamá profesora, pero no pasan mucho tiempo acá. – Lucas asintió con la cabeza a las palabras de Carlitos. - me gustan los juegos de mundo abiertos. ¿A a vos? - le preguntó Carlitos cambiando de tema.
Al rato Lucas se levantó para ir al baño, se lavó la cara y se secó con una toalla bordada que decía Martínez en letras doradas… parecía que lo estaba persiguiendo aquel nombre. Al salir escuchó el crujir de la madera y vio de espaldas, caminando lentamente apoyada a su bastón, a la abuela. Al atravesar por el tragaluz se giró, sus cabellos blanquecinos brillaron y cruzaron su mirada.
- Adiós abuela –dijo con voz ronca y muy tenue.
Aquella tarde se acercó a sus padres mientras cocinaban, parecían divertirse.
- ¿qué están haciendo? – preguntó Lucas y lo miraron sorprendido.
- el otro día me encontré un maletín en la basura, estaba como nuevo y me trajo suerte porque van a ascenderme en el trabajo y después me encontré con los del 1ro D, vienen a cenar con la hija….- comentó el padre.
A Lucas le volvieron los calores y deseó haber tenido algo a mano para comer.
FIN



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