USS Escocia
- 21 oct 2018
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Cinco… inhala. Detiene su mirada en la manija de la escotilla que tiene el tamaño justo de su mano, le puso una pegatina de su show favorito y tocarla lo hace sentirse más cerca de su hogar. Cuatro… exhala. Lo que en la Tierra le dirían bolsa de dormir, para él es su cama. De tela suave y abrigada, le gusta estar ahí adentro. No sabe que en lo profundo de su inconsciente se siente como en el vientre de su madre. Tres… inhala. Delante de él la imagen de una mujer que lo mira sonriente, se encuentra en un bosque, él de tanto verla ya puede distinguir los distintos tonos de color de piel de ella. Dos… exhala. Flota, atado por una correa, el libro que lo marcó en su infancia “Cita con Rama”. Uno… inhala. El pasaje de una tonalidad menor a otra mayor propuesta por Bach que sale por los parlantes de su cabina. Cero...exhala. Blanco, otra vez la calma.
Su cabina es pequeña y adornada hasta el último rincón lo que le da la posibilidad de perderse en hasta el más mínimo detalle, si no fuera así ya se hubiera vuelto loco.
“Día 870. Hoy desperté a las 0800 horas, me llevó alrededor de 10 minutos despertarme. Siento que cada vez me está costando más levantarme. Desabroché el cinturón que me sostiene mientras duermo, lo tengo que limpiar, e hice las elongaciones matutinas, primero aflojo el cuello y los hombros, luego las respiraciones... Fui al baño y unas gotas de orina se escaparon. Me quedé mirando como flotaban hasta que se estrellaron en el metal de la nave… Desayuné 33 copos de cereal y tomé una de las latas de café, necesitaba un mimo a mi espíritu, luego fui AL dormitorio…”
Le llevó veinte minutos relatar su día, le gustaba perderse en los más mínimos detalles y esperaba que llegase el día en que se sentara e hiciera al menos una hora de relato. Apagó el monitor y recostó su espalda sobre el asiento, se encontraba en el mini laboratorio de la nave donde realizaba algunos experimentos relacionados a la radiación espacial, dio un par de giros y se detuvo a contemplar el laberinto que habían construido las hormigas tras el panel de vidrio. Se acercó lentamente al hormiguero y se quedó contemplando a la reina, la hormiga mayor que dirigía a las demás. Dio un golpecito en el vidrio como esperando que alguna se percate de él pero estas siguieron con su labor. Al menos tienen algo que hacer, pensó. Aquella noche tenía ganas de ir a la sala de hologramas y pasar unos minutos ahí. Se deslizó por los pasillos laberínticos de la nave hasta llegar a una escotilla circular igual a todas las que había en la nave pero esta era de color verde. Lindo detalle de construcción, pensó. Como la sala consumía recursos de la nave debía detenerla primero. Salir de la hipervelocidad era brusco por lo que se aferró a las varas que ofrecía la nave, pulsó los botones de la computadora que se encontraba al lado de la escotilla y la nave empezó a temblar. Siempre le daba impresión y llegaba a la conclusión que la nave no era más que una lata viajando por el espacio. Parecía que el tiempo se ralentizaba, un sacudón y por último paz.
Se deslizó por la escotilla hacia un espacio negro y al cerrar el acceso se sumió en una oscuridad total.
- Computadora –se detuvo unos segundos para volver a acostumbrarse a su voz- reproduce escena familiar número tres.
Una milésima de segundo después se encontró en el comedor de su casa. Se acercó a la ventana y divisó a lo lejos las montañas nevadas. Su mano se apoyó sobre el frio vidrio y al abrir la ventana sintió la brisa sobre su rostro. Suspiró y giró su cabeza al oír los gritos de unos niños atravesando el pasillo y al verlo los chicos corrieron a recibirlo. Ni bien los alzó entró una mujer de tez negra y cabello corto enrulado llevando una cacerola humeante, el olor que desprendía le era irresistible. Le bastó ver unos segundos en los ojos de la mujer para volver a perderse en la historia. Solo 15 minutos pasaron cuando una voz chillona le advirtió que debía cerrar el programa antes que la computadora se sobrecalentara. Al apagarse volvió a la oscuridad total. Así es como se sentía, pensó.
El día que lo contactaron llovía a cantaros. Él salía de un café y estaba extasiado, había conocido a una mujer ahí mismo. Salió de su casa sin su paraguas y cuando cayeron las primeras gotas se metió dentro del primer café que encontró. Estaba mojado y una chica se le acercó amablemente para ofrecerle una toalla. Sintió un nudo en su estómago, ella era como un gran suspiro. Quedaron en verse otro día. Al salir del café se tropezó con un hombre fuera de su auto que lo estaba esperando, se miraron, él tardo en comprender lo que estaba pasando pero algo en su instinto le dijo que tenía que subir. Se sentó junto a un hombre mayor que cargaba unas carpetas y usaba unos anteojos que lo hacían ver ridículo. El auto se puso en marcha e hicieron parte del trayecto en silencio.
- Nos están llamando –dijo el hombre- y estamos planeando levantarnos e ir a atender el teléfono.
Él lo miro atónito pero luego asintió, ya conocía muy bien las metáforas que utilizaban en el ejército.
- Muy bien.
- Si aceptas, vas a estar adentro, estamos desarrollando una nave que nos pueda llevar ahí en 4 años. Eso si, no vas a estar solo sino de niñera, son varios los involucrados.
El auto se estacionó delante de su casa. Se bajó y el hombre se acercó a la ventanilla.
- Pensalo –dijo el hombre de los anteojos mientras el auto se alejaba.
Cuando despertó a las 0800hs tuvo un pensamiento, hoy no haría nada, se quedaría recostado escuchando música. Posó su mirada en una pegatina de la Tierra y se quedó contemplándola por largo rato, pensó cuán lejos estaban de ahí y cuán importante era su misión, lo agobiaron ambos pensamientos. Recién cercano al mediodía salió de su cubierta para ir al baño. En el trayecto su mano fue acariciando las distintas partes de la nave, ya las conocía a todas milímetro a milímetro. Cuantas veces pasó por ese mismo camino y cuantas más le quedarían. Para orinar apoyaba su mano libre sobre el botón de forma rectangular y luego lo apretaba, podía distinguir cada sonido que producía el inodoro, y si se concentraba los propios de la nave. Hacía tiempo que había perdido el entusiasmo por las distintas cosas que el viaje le proponía, estaba sumido en un mar de repetición, ya había pensado todo lo que se podía pensar, mirado en cada rincón, hecho todas las combinaciones posibles en su rutina. Lo que había aprendido en su instrucción estaba a años luz de distancia, solo se mantenía a flote por la importancia de la misión. Cuando volvió a su cubierta tomó de un compartimiento una lata, la abrió con cuidado y sorbió el alcohol de un trago. El efecto se propagó rápidamente debido a que no había comido nada. Su cabeza comenzó a darle vueltas y se dirigió a lo que él llamaba EL dormitorio, una sala amplia en cuyas paredes se encontraban las cámaras de hibernación o sarcófagos. Ahí se hallaba el resto de la tripulación en estado de congelación. Recorrió sus dedos en cada uno de estos sarcófagos.
- quiero… quiero… ¿por qué no puedo dormir como ustedes?... Maldición…
Se sintió débil, dio el último sorbo de alcohol que lo noqueó y quedó flotando en aquel espacio soñando en que era una hormiga. Una más del montón.
“Día 1050. Día 1050 o 55 da igual… aun quedan alrededor de… 150 días, 150 días… comunicarme con la Tierra lleva aproximadamente 25 días. Todo se mide en días… el otro día saqué la cuenta, vivimos alrededor de 32.850 días. Si llegamos a volver, encerrado en esta lata habré estado aproximadamente el %10 de mis días. Más vale que esos putos alienígenas estén ahí y tengan algo interesante para decir… Siento algo en el pecho que me oprime y aún haciendo las respiraciones me cuesta salir de ese estado... El “Escocia” sigue su curso sin problemas ni averías…”
Notó su mano temblar cuando agarró la herramienta para arreglar uno de los paneles, le costaba fijar la vista y ya había tomado calmantes, cerró los ojos. A lo lejos crujió la nave, había sido como un golpe. Se levantó lentamente y se dirigió en busca del sonido. Lo volvió a escuchar dentro de su recámara pero cuando asomó su cabeza no notó nada fuera de lo ordinario sin embargo el sonido seguía ahí dando vueltas. Dio un paso dentro y vio una abolladura en el metal, la nave ahora parecía de hojalata y la abolladura se iba agrandando lentamente, se quedó inmóvil preso del pánico, cuando el metal comenzó a abrirse reaccionó y cerró fuertemente la escotilla. Se despertó. Había tenido un mal sueño, uno muy malo. Tenía un gusto amargo en la boca, era su tercera pesadilla en los últimos diez días. Tenía que relajarse, tenía que ir nuevamente a la sala de hologramas. Se dirigió apresuradamente para borrar de su mente el mal sueño. Se aferró a la barra de la escotilla y frenó la nave. Luego desactivó el margen de seguridad, tendría dos o tres minutos más.
- Computadora secuencia en el bar –dijo sin titubeos.
Se encontraba en un bar junto a una mujer de tez negra y cabello corto, Elisa, brindaron con sus copas mirándose a los ojos y ella le sonreía. Adelantó el programa, se saltó la cena y el camino de vuelta. El beso que se dieron en la puerta de la casa de ella y lo detuvo cuando ambos estaban dentro del cuarto desvistiéndose. Recordaba la cama más mullida, su piel más suave y un mayor placer. Esto no es real, pensó mientras la pierna de ella acariciaba la suya.
- ¿Qué te pasa? –dijo ella.
- Me gustaría estar por siempre acá –le respondió.
Alguien llamó a la puerta, ella pareció no escucharlo, segundos después volvieron a llamar. Él dirigió su mirada a esta extrañado por lo que acababa de suceder, volvieron a llamar pero esta vez con mayor intensidad, él se deslizó por las sábanas y caminó hasta la puerta que no paraba de sonar. Le echó un vistazo a Elisa y abrió la puerta. El programa terminó y quedó en la oscuridad. Abrió la compuerta y al salir sintió el golpe, esta vez no era un sueño. Se dirigió a la sala de comandos, estaban atravesando un cinturón de asteroides. Se sentó en la silla del comandante y tras abrocharse el cinturón tomó el mando. Dirigió al “Escocia” lentamente, habían tenido suerte hasta ahora en su viaje, ya era hora de un poco de acción pensó.
Suspiró lentamente una vez que salió del peligro. Se desabrochó su cinturón y se recostó sobre su asiento, lo que daría por fumar un cigarrillo; caminar descalzo por el pasto recién cortado y sentir el olor que desprende tras ser regado; respirar el aire fresco de la montaña; sentarse en un parque bajo el sol; ver personas caminar por la avenida principal, ver personas; sentir el contacto ajeno. Había pasado dentro del Escocia suficiente tiempo, tal vez demasiado. No le tenía rencor por lo que dejó atrás, quizás el hombre no estaba preparado para estar solo tanto tiempo sin nada real que hacer. La nave estaba diseñada para la eficiencia y con un único objetivo, los que iban dentro poco importaban, la única compañía que podía tener era la voz de la computadora pero ya se había cansado y la había desconectado, estaba solo con sus pensamientos que también lo estaban agotando solo que no los podía desconectar.
Cuando despertó reconectó los motores y la nave entró nuevamente a la hipervelocidad. Una luz roja se prendió en el panel, provenía del DORMITORIO. Cuando llegó vio como uno de los sarcófagos estaba en llamas. Alguno de los impactos dañó el sistema eléctrico pensó. Activó el sistema refrigerante y el fuego lentamente se fue extinguiendo. De algo estaba seguro, ya no habría vuelta atrás. Miró al hombre detrás del vidrio, tendría unos 30 años, de rasgos asiáticos. Se dirigió hasta el panel de la computadora y buscó sobre su persona. Jung Li, coronel experto en tecnologías de armamento. Suspiró. Solo había visto a la tripulación en la fiesta dedicada en honor a los viajeros hace mucho tiempo atrás. En todo el trayecto nunca se había preocupado por saber de las otras personas, quizás así le era más fácil. Volvió a mirarlo, su cara era serena, estaba dentro de un gran sueño y maldijo tener que despertarlo. Pulsó el botón con su mano temblorosa y la secuencia de reanimación se activó. Llevaría un par de horas despertar a aquel hombre. Se quedó un buen rato sentado frente a este, como velándose a sí mismo. Tras leer los perfiles del resto de los tripulantes se levantó y se dirigió a la sala de hologramas.
- Computadora –meditó unos segundos- secuencia familiar número 7.
Vio materializarse nuevamente su casa con vistas a la montaña y en el living frente a la chimenea se encontraba su mujer, Elisa, sus cabellos cortos ahora eran blancos, se miraron y él se sentó junto a la chimenea en una silla de mimbre que había pertenecido a su bisabuelo.
- Está por salir mi jubilación, dijo él.
Ella lo miró y asintió.
- Están por llegar los chicos, hay algo que nos quieren contar.
Se quedaron frente al fuego observándose, sus dedos acariciaron la silla de mimbre pero no era la misma sensación que producía la real, ni el calor del fuego, nada de esto había sido real salvo la mujer, el resto fantasía. Sin sueños se hubiera vuelto loco.
Cinco… inhala. Se pone su traje espacial y se mira al espejo, se ve bien en este. Cuatro… exhala. Escribe en el espejo un mensaje a Jung Li. Le hubiera gustado conocerlo pero sería imposible, su trabajo como niñera había, al fin, concluido. Tres… inhala. Se dirige a una de las escotillas de salida cerrando detrás de él la compuerta, no siente nostalgia por dejar la nave, a su modo está en paz. Dos… Exhala. Al abrir la compuerta siente como el espacio succiona todo lo que está en el interior, él sigue aún aferrado a una vara, le quedan unos segundos antes que la escotilla vuelva a cerrarse. Uno… Inhala. Se deja llevar y sale expulsado de la nave. Cero… exhala. Se queda asombrado ante lo maravilloso del universo, su último pensamiento, es un buen lugar para morir.



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