...sueños...
- 30 oct 2018
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Una gota de sangre cayó por la comisura izquierda de su labio para unirse al hilo rojizo cuya desembocadura era un charco de sangre. La frase “Jesús es tú mejor amigo” quedó resonando en su oído. Cuando Santiago despertó encontró su cachete, sonrojado y apoyado sobre la agenda. Alzó su vista hacia el reloj redondo colgado en la pared, ya era hora de volver a casa. Se levantó de su asiento, tomó su abrigo del perchero y al cerrar la puerta, dentro de su oficina, se cayó el afiche cuidadosamente colgado que decía “Jesus quiere ser tu amigo”.
Afuera caía una fina lluvia que parecía no mojar, aún así, desplegó su paraguas negro y caminó esquivando los charcos.
- mmm, ¿cómo se yo que estoy haciendo las cosas que tengo que hacer?–dijo Santiago a su psicólogo.
El psicólogo alzó la vista hacia el cuadro de Freud que parecía dirigir su mirada al paciente de turno.
- interesante pregunta–respondió el psicólogo mientras jugaba con sus dedos nerviosos- ¿cómo se yo que estás haciendo las cosas que tenes que hacer? Por otro lado ¿a qué te referís?
- no sé… dijo… andar por ahí teniendo aventuras, ese tipo de cosas -soltó Santiago.
- la seguimos la próxima, ¿te parece? –respondió el psicólogo.
Cuando Santiago salió, la lluvia había cesado pero el ambiente estaba cargado de humedad y una bruma lo cubría todo.
Abrió la heladera de su apartamento y sólo se encontró con un trozo de queso junto a unas rebanadas de pan, suspiró, nuevamente se había olvidado que tenía que hacer las compras. Cenó su tostado mirando por la ventana, la ciudad se mostraba gris y sin ánimos. El frío y la lluvia no dejaban escapar a nadie.
Por la mañana el clima era el mismo que el día anterior, desayunó unas tostadas junto a su café recién hecho, una de las tostadas la untaba con manteca, la otra con queso blanco. Bajaba las escaleras del edificio, aún con sueño, y al salir se topaba con la vecina del piso de abajo que llevaba a pasear su perro todas las mañanas. La lluvia seguía siendo finita. Caminó sus cuadras hasta la parada del transporte público y una vez en este pudo sentarse, contempló el afuera sin pensar en nada solo observando las calles de siempre. Una vez en la oficina saludaba con la mano, usualmente pasaba desapercibido y al llegar a su despacho se encerraba. Acomodó el poster que se había caído el día anterior, se sentó y se puso a ojear la pila de documentos que tenía sobre el escritorio. Todavía no entendía bien cómo había conseguido aquel trabajo y menos tener su propio despacho por lo que se esforzaba por tener un ritmo alto de trabajo pero las últimas semanas se sentía agotado y un rato después del almuerzo se dejaba llevar por los sonidos monótonos de la oficina para terminar durmiéndose sobre su escritorio. Volvió a tener uno de esos sueños extraños, esta vez estaba en un barca pequeña rodeado de desconocidos, hacía frío, él tenía miedo pero la gente a su alrededor tenía una sonrisa macabra. Al despertar sus ojos se encontraron con los de Jesús, el afiche lo miraba fijamente al igual que el cuadro de Freud. Desde que había comenzado a trabajar en la empresa no había visto nunca al jefe, sabía que era una persona agradable, por el afiche, que se presentaba con una sonrisa amigable y en la oficina todos hablaban bien de él.
Abrió la heladera de su apartamento y sólo se encontró con un trozo de queso junto a unas rebanadas de pan, suspiró, nuevamente se había olvidado que tenía que hacer las compras. Puso el televisor de fondo y cenó su tostado mirando por la ventana, la ciudad se mostraba gris y sin ánimos.
“En la entrevista dada por el sumo pontífice… el infierno no existe… aún sigue la búsqueda de los dos estudiantes desaparecidos en la universidad el día del apagón…”
Mientras caminaba los últimos metros hacía el trabajo, se formó una claraboya entre las nubes y unos fuertes rayos de sol fueron a parar al rostro de Santiago que tuvo que cerrar sus ojos para no enceguecerse. En el ascensor recibió una sonrisa por parte de una de las mujeres de la oficina y el hombre con sobretodo que estaba ahí también movió su sombrero en gesto de saludo. Una vez abierta la puerta del ascensor caminó los metros hacia su oficina haciendo su habitual saludo impersonal sólo que esta vez le devolvían el saludo, la mujer que pasaba siempre con su café se ofreció a traerle uno, recibió algún par de guiños de sus compañeros y se cerró tras su oficina. Al sentarse notó que habían cambiado su asiento por uno más cómodo y sobre su escritorio en vez de la pila de papeles y carpetas había un sobre que al abrirlo desprendió un aroma cautivante. Dentro una tarjeta y un papel que decía “9.10 presentarse en administración central y llevar la tarjeta”. Miró al reloj redondo, faltaban tres minutos, suspiró y se dirigió a la administración seguido por las miradas de sus compañeros. En la puerta de madera, había un hombre robusto que le pidió ver la tarjeta para luego hacerlo pasar. El siguiente compartimiento era un pasillo que contrastaba con lo monótono del espacio donde él trabajaba. Se le acercó una mujer, que nunca había visto, y lo saludó con un beso en la mejilla mientras apoyaba su mano en la espalda de él. Debía seguir por el pasillo, tomar la primer puerta a la izquierda, luego la segunda a la derecha, una tercera más y luego el ascensor del medio hasta el tercer piso. Le dio un beso de despedida y se alejó por donde vino. Era el único atravesando las salas y pasillos, sus decoraciones eran minimalista pero reconfortables. Dentro del ascensor sonaba una dulce melodía que al bajar siguió recordando. La sala que lo recibió era de pisos de madera perfectamente lustrados, algunas estatuas de mármol yacían a los costados y un cuadro muy conocido, pero sin saber cual, colgado sobre la única puerta.
- Maldita sea, ¿quién demonios se cree que es?, lo pusimos para que cumpla un papel, ¡es nuestro delfín! ¡por Dios!, si… algo vamos a tener que hacer con él… si padre… lo oigo… un momento, hablamos luego, estoy esperando a alguien, si, hasta luego. –se oyó decir tras la puerta una voz potente y enojada. – Adelante.
Santiago miró a su alrededor, como no vio a nadie más, entró. El salón lo dejó sin respiración, era magnánimo. Un hombre de barba al ras, tez blanca, alto, vestido de un traje impecable y con una sonrisa resplandeciente se le acercó y le dio un abrazo.
- Santiago, que alegría poder conocernos, hace mucho tenía ganas de este encuentro. Imagino que sabes quién soy, Jesús, uno de los dueños de esta empresa. Sentate por favor.
Sin emitir palabra se sentaron ambos. Jesús sentado le llevaba más de una cabeza pero no le había parecido tanta diferencia de altura al saludarse.
- ¿sabes por qué estas acá?
- no –dijo Santiago.
- hubo un problema en una de nuestras sucursales… y… debemos cerrar una de nuestras instalaciones, mandarles un telegrama con la notificación.
- entiendo.
- Y para ello te elegimos a vos, estuve leyendo especialmente tu curriculum, es muy impresionante, nos alegra tenerte en esta compañía –le dijo Jesús mirándolo a los ojos.
- Gracias –respondió Santiago y bajó su mirada.
- Parece sencillo pero tiene sus complicaciones, aunque con muchos beneficios –dijo Jesús poniéndose de pie y dirigiéndose hasta él- un buen bono navideño y unas vacaciones pagas al lugar que vos quieras. ¿tenés novia?
- no
- ¿novio? – lo miró Jesús con mirada atenta.
- no señor, tan solo… estoy solo. –dijo Santiago.
- Ah, muy bien, me alegro por vos. Seguramente a la vuelta podamos organizar una fiesta de bienvenida, hay muchas chicas lindas en la oficina que seguramente les encantaría conocerte. ¿Qué decis? ¿Aceptas el trabajo?
- ¿Cuáles complicaciones? –preguntó Santiago intrigado tras una pausa.
- Oh, no me decepciones Santiago, tenemos muchas expectativas puestas en vos… Digamos que el lugar no es muy… agradable… y la gente en esas instalaciones es un poco… arpía. – dijo Jesús tratando de suavizar sus palabras.
- ¿arpías?
- Es una forma de decir, no te preocupes, es solo entregar un telegrama, el jefe del sector es un viejo conocido mío, nada malo puede pasarte. Es muy importante para nosotros que vayas, si no fuera importante, no estarías acá. Obviamente vamos a despedir al que armó todo este lio pero ya no hay vuelta atrás. Vamos, haceme este favor, a tu vuelta podemos hablar de un interesante ascenso, ¿te parece? –dijo Jesús.
Cuando atravesó la puerta de madera que conducía nuevamente a su oficina, sus compañeros estaban de pie expectantes.
- ¿Viste al jefe? ¿de verdad lo conociste? –le preguntaron a Santiago, se le acercaban, lo tocaban, le sonreían. Lo entretuvieron un rato y después Santiago volvió a la soledad de su oficina. Habían instalado una maquina de café en su despacho, cambiado el escritorio y agregado un lindo sofá. Aún abrumado, sacó el sobre que le había dado Jesús y se quedó contemplándolo un buen tiempo sin saber qué hacer, incluso buscó respuestas a su alrededor.



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