Lo que mancha
- 11 dic 2018
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¿Tengo que decir por qué estoy acá?... ¿Es por el robo de las joyas de la duquesa? No es solo por eso… todo tiene su principio… al comienzo es un punto, pequeño, pero se expande como una mancha y sin que nos demos cuenta, estamos acá tras las rejas… Yo sé que mi punto empezó aquel martes de noviembre del 96, cuando fallé en la única chance que teníamos de ganar el partido. Ese día River jugaba contra la Juventus la final de la copa Intercontinental y nosotros jugábamos las finales del torneo de quemado que se organizaba junto a otro de los colegios de la zona. Mientras formábamos por la mañana para izar la bandera el aire cálido y húmedo volvía pesado el ambiente. Los profesores estaban ansiosos por ver el partido de River, nosotros porque faltaban dos semanas para el comienzo de las vacaciones. Yo estaba en 4to grado y empezaba a saborear 5to lo que significaría estar en la planta alta del colegio, ya quería empezar a sentirme mayor. El año lo había pasado sin sobresaltos, buenas notas, solo faltas por enfermedad y ninguna notificación por mala conducta.
En el aula nos esperaba nuestra seño de gimnasia, una mujer delgada de cara y cuerpo, pelo color rojizo y que siempre andaba en mallas. – Hoy empieza primero el equipo de las chicas así que si los chicos quieren ir a ver un rato el partido pueden.- dicho esto hubo un festejo generalizado por parte de los varones.
– Hoy River mete dos goles y nosotros les ganamos a los putos de la 15.- aventuró Sergio.
– Ustedes son unas maricas que no le ganan a nadie- dijo y sorprendió a todos Carolina que se sentía contenta por haber dicho la palabra que tanto utilizaban en su casa para referirse a su tío. – Vayan a jugar a la mancha que eso es lo único que pueden jugar –saltó Rafael. Antes que la situación se saliera de las manos la seño nos mandó a callar con un grito de sargento que nos dejó pasmados, tras un silencio nos pidió que saliéramos al patio.
Nuestro colegio era grande. En el centro un patio cubierto con aulas ubicadas a los costados, luego el comedor y la escalera a la planta alta donde asistían los cursos superiores. Tras cruzar la puerta del comedor un patio inmenso al descubierto donde en el fondo estaban los baños. Allí serían los encuentros. El cielo estaba despejado pero a lo lejos unas nubes prometían volverlo gris. Las chicas jugaban entre ellas mientras nosotros esperábamos en la puerta del patio al comedor a que inicie el partido de River. Si ganábamos en el quemado pasábamos a la final que jugaríamos ese mismo día.
– tenemos que planear algo –dijo Miguel- alguna estrategia. - anda, hay que jugar y ya, sin tantas vueltas esto no es fútbol – soltó Cristian. - nos van a hacer de goma –dije intentando aportar algo pero las palabras utilizadas no causaron efecto. - el gordo es ágil, pongámoslo a él adelante y nosotros rematamos –dijo Rafael mirándome.
El estridente timbre del colegio dió por finalizada nuestra conversación. Miramos la puerta abrirse y entrar los chicos del otro colegio, caminaban tranquilos observándonos acompañados por sus profesores, uno de ellos apuró el paso hasta el comedor para ver si ya había empezado el partido. Joaquín, el chico por el cual las niñas suspiraban y nosotros moríamos por ser sus amigos, nos miró y refregó sus manos seguro de sí mismo por la paliza que intuía nos iba a dar.
Custodian la pelota Francescoli y Ortega sobre el círculo central. Suena el silbato y el balón circula… Tocan corto para Monserrat este tira un pase largo sobre la banda… corta y la recupera Juventus, pase largo de detrás de mitad de cancha en busca de su delantero… pica y acaba en manos de Bonano...
Las niñas protagonizaron el primer encuentro. El partido fue rápido, conciso, las chicas de nuestro curso eran buenas y ganaron lo que me hizo pensar en el comentario dicho por ellas minutos atrás. No íbamos a poder, nos iban a humillar en nuestro propio colegio. Miré algunos de mis amigos en busca de apoyo pero no obtuve respuesta. Ahora era el turno de las chicas de la otra división, luego vendríamos nosotros.
Entré a la cancha con el pie derecho mirando el cielo despejado. Nuestros rivales, mayoritariamente de River y algunos de Boca, preferían ver el partido. Una vez iniciado el partido todo trascurrió en un abrir y cerrar de ojos, Rafael fue nuestro artillero y fuimos liquidándolos como moscas. Me sentía ágil como el viento y hasta pude quemar a uno. Tras nuestra victoria nos miramos confiados. Ahora era turno de la otra división enfrentarse al equipo de Joaquín. Los nervios me carcomían por lo que me pasé el partido en el baño oyendo como se imponía el equipo de Joaquín.
- ¿qué haces acá? –me preguntó Javier cuya mancha de nacimiento en el cuello parecía hablar. - nada –y me encogí de hombros. - che –me dijo sacando de los bolsillos de su guardapolvo unos huevos- me los afané de la cocina, pensaba tirárselos al otro colegio, ¿te prendes? - ni en pedo. - ¡dale! ¡No pasa nada!–me dijo. - ¡buscate a otro! Yo no quiero tener nada que ver - dale vamos, sos del único que no van a sospechar – dijo a mis espaldas mientras me retiraba de los baños.
Y ahí los vi. Joaquín hablando con Carolina, ella no sabía que yo le había escrito esa carta de amor tres días atrás y ahora estaba hablando con el enemigo. Me mantuve parado en un rincón del patio mirando a Joaquín luego a Carolina mientras mantenía el puño cerrado dentro del bolsillo. Unas nubes se acercaban y a veces cubrían el sol por unos instantes. Carolina había entrado el año anterior, venía de un colegio privado y sus padres habían tenido que cambiarla, al comienzo el cambio le resultó duro o eso pensaba ya que la veía siempre callada. En algún momento de ese año intenté decirle alguna gracia pero no le pareció divertido por lo que no volví a intentarlo y guardarme para mí lo que sentía hasta el día que le escribí una carta anónima y la escondí en su mochila durante el recreo. La leyó al recreo siguiente a viva voz así que ahí terminó todo. Suspiré y desvié mi vista a los últimos minutos de la final de chicas. Con cierta dificultad ganó nuestro colegio. Ahora el peso estaba sobre nosotros.
…Recibe la pelota Del Piero cerca del área de River, Sorin sale a cortar. Del Piero saca un remate de zurda al palo izquierdo de Bonano que la retiene en dos tiempos...
Nos tanteamos en los primeros tiros. El aire está espeso. Estamos ahí jugándonos nuestro honor. Me lanzan la pelota a la altura del pecho, agacho mi cabeza y el rebote lo agarra Rafael que saca un remate y deja afuera a uno de ellos. De momento no hay nubes en el cielo y el sol levanta temperatura. Perdemos dos jugadores, nos llevan uno de ventaja y cada vez que tengo la pelota intento quemar a Joaquín. Siento las gotas caer por mi frente. Algunas nubes cubren el sol. La pelota queda picando en la mitad de cancha. Solo estamos cerca Joaquín y yo para agarrarla. Nos abalanzamos. Mi mano llega primero y se la lanzo, el tiempo parece detenerse. La pelota, lenta, cae sencilla en sus manos… Me fusila… Estoy afuera... El dolor perdura buen rato.
… centro de la Juventus, cabecea Di Livio que la deja al borde del área chica para Del Piero que se da media vuelta con la pelota, Sorin sale a cortarlo, remata Del Piero al palo contrario del arquero, ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! De la Juventus… Se oye un grito salir del comedor, Sergio que aún está en la cancha corre hacia el televisor junto a otros que estaban afuera. Joaquín aprovecha la confusión y quema a Javier el último de nuestros jugadores. Perdimos. Los varones habíamos perdido… Nos abalanzamos contra la seño de gimnasia en busca de respuestas pero no hubo mucho que hacer. Miré a Javier y él entendió mi mirada. Minutos después nos escabullíamos a la planta alta. Era territorio prohibido para los menores. Estaban en clase así que sigilosamente pasamos por las puertas de las aulas y esperamos a que aparecieran nuestros adversarios en el patio cubierto. Javier me hizo pie y esperé. Nervioso y ansioso los arrogué como pude y no me quedé a ver si dieron en el blanco.
El despacho de la directora era grande, había una bandera, un retrato de Sarmiento y otro de San Martin. La directora tenía el pelo corto y las canas se entremezclaban en su cabello dorado. Su guardapolvo estaba impecable y las sillas en las que nos sentamos aún nos quedaban grandes. El aire del ventilador chocaba en mi espalda y me daba frio por la transpiración que estaba generando. En sus manos la directora tenía nuestros cuadernos que escribía con una lapicera azul, lentamente, con su letra prolija. Cada tanto alzaba su cabeza para mirarnos.
- directora…- dijo Javier pero ella lo interrumpió. - cállese, de usted me esperaba cualquier cosa pero de vos… -dijo clavándome los ojos.
Estaba muerto de miedo.
Caminé muy lentamente esas cinco cuadras que separaban el colegio de mí casa. Cargaba a mis espaldas con el peso de una nota para mis padres.
La salida del colegio había transcurrido como siempre así que traté que mi abuela no notara mí preocupación. Al acercarse una de las maestras a saludarla temí lo peor, sudaba y dejé de prestar atención a lo que me estaba diciendo Javier. Asentí con la cabeza y me dirigí hacia mí abuela dejando a Javier hablando solo. Me pareció ver una mirada suspicaz en la maestra. Tomé del brazo a mi abuela mientras le dirigía una sonrisa nerviosa a la maestra. -siempre tan buenito-. me dijo mientras tiraba de mí cachete y se alejaba. Dimos media vuelta y nos alejamos del colegio antes de que algo peor suceda. Le pregunté si podíamos pasar antes por el kiosquito a comprar un alfajor. Pasamos por la plazoleta en la que tanto habíamos jugado de más chico y añoré esos momentos de felicidad sin más preocupación que no caerse del tobogán.
- Hoy tus papás vuelven temprano…-es lo único que escuché decir a mi abuela.
Mis piernas se transformaron en piedra.
Ni bien dejé la mochila y antes que llegaran mis papás bajé hasta al 2do piso. Esperé resignado y confundido a qué me abrieran la puerta. La abrió Rocío aquella niña que sabía que gustaba de mí, usaba trenzas y recién empezaba primer grado. Tras ella su hermano Esteban me recibió. Si alguien sabía qué hacer, él era el indicado.
- wow, no me digas que te hicieron una nota a vos-. Me dijo. - ¿por? – preguntó la insolente de la hermana que minutos atrás había manchado mi guardapolvo con chocolatada. - que importa – me salvó Esteban-. Vamos abajo.
Mientras cruzábamos la puerta la mamá nos obligó a llevarnos a Rocío, siempre querían deshacerse de ella. En el patio del edificio, tras unos matorrales, Esteban tomó el cuaderno y lo arrojó a la tierra húmeda mientras sacaba unos fósforos.
- quemalo. - no puedo. Me van a matar. -dije - dale no seas una nena –me respondió - ¡no sé! ¿Y después qué digo? - yo que sé. Que importa. ¡Inventa! - no puedo mentir -dije - todos podemos, cagón.
Esteban encendió el fósforo y ante mí asombro lo arrojó al cuaderno. El fuego hambriento de papel comenzó a consumirlo. Las llamas amarillas me sedujeron, el calor me hipnotizó. Me paralicé. El crepitar trajo consigo una voz… Supe cuál iba a ser la verdad, mí verdad, sobre lo sucedido con el cuaderno. Miré a Esteban y sonreí por lo bajo, supe que iba a necesitar alguien que corrobore mí historia por lo que le dediqué una vistosa sonrisa a Rocío.



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