La niebla
- 21 oct 2018
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Ella tiene ojos celestes, por momentos verdosos. Cuando él se recuesta y se miran a los ojos siente que ella lo comprende, necesita su compasión. Por eso compró ese cuadro, le costó dinero pero a él le sobra. Es grotesco, es cautivador, decidió colgarlo en su cuarto de baño y reservarlo a su intimidad lejos de la mirada ajena incapaz de comprenderlo. El baño es su reflejo, grande y cargado de elementos que no armonizan. Los pisos de mosaicos representan la creación de Adán mientras la fuente de una deidad griega danza en el centro iluminada por un gran ventanal desde el cual puede sentirse la ciudad bajo sus pies. Su cuerpo cansado se recuesta dentro de su tina de mármol con soportes de oro, abre el grifo de agua caliente, apoya sus brazos sobre la bañera y juega con los dedos de sus pies a salpicar agua. Luego se queda mirando el cuadro, es su momento del día, sin interrupciones, puede descansar del mundo y de sí mismo. Ella tiene los cabellos dorados, rizados, piel blanquecina debido a que pasa poco tiempo bajo el sol, caderas anchas y piernas carnosas, tiene los senos aún redondos, es joven y la musa de un pintor de Florencia que viaja a su pueblo a pocos kilómetros de ahí. Le paga por desnudarse y posar, a veces en el estudio mirando por la ventana, rezando, comiendo fruta, en la pradera, en el bosque, siempre sola, única y esplendorosa. Aquel cuadro era distinto a todos los demás, no era por encargo, era algo personal le dijo el pintor que recientemente había cumplido 50 años y tenía el pelo y la barba canosa. Debido a su delgadez parecía frágil pero ella sabía que no, llevaba un demonio dentro que cuando él la poseía, este se dejaba entrever. Eran amantes pero a él le gustaba mantener su distancia para no perder el poder de la musa decía. Este cuadro va a ser distinto, le repite, en sus formas, en su color, en el tema y en sus personajes. El hombre corpulento desliza su mirada lentamente sobre el cuadro, lo saborea al igual que otras cientos de veces y aún espera descifrar ese “algo”, ese mensaje oculto tras el follaje. Había sido un día agitado aquel, tuvo que despedir determinados hombres de su compañía, algunos de muchos años y confianza pero ya no podía confiar en ellos, no, no podía. De ellos no esperaba ni brindaba su compasión, solo de la mujer del cuadro. Empezó lustrando zapatos y juntando monedas del piso para poder llevar a su casa y luego poder estudiar. Se jacta de su pasado y odia a los que tienen todo servido, hoy despidió algunos y seguramente algo de resentimiento haya hacía aquella clase de gente que lo fastidió toda su vida. Ahora tiene él el poder. Suspiró y tomó el jabón, huele bien, como a hierba. Ella se recuesta sobre el pasto, esta vez el pintor la quiere con ropa, puede desabotonarse un poco si e insinuar sus senos. Están en un bosque, no el de siempre sino uno más al norte, es lúgubre pero igualmente la luz se filtra. El día anterior llovió por lo que hay zonas fangosas y una niebla fina cubre el ambiente cerca de la pequeña laguna. Pasan algunas horas buscando la posición adecuada, ella ya está cansada pero se pierde en la mirada del pintor que hace algunos bosquejos rápidos que parecen no convencerlo, quiere algo nuevo, algo distinto. Toman un breve almuerzo y luego ella se quita sus ropas esperando que el pintor la posea y vuelva su inspiración pero él se niega. Ella se levanta y camina hacía la laguna lentamente, el agua está fresca y llega hasta sus caderas. Se da un chapuzón y al levantar cabeza el pintor la detiene, debe quedarse así medio afuera, medio dentro, así obtiene su aprobación.
Para ser una pintura del siglo 17 es bastante atrevida pensó el hombre corpulento, se sabía muy poco de la obra, el pintor gozó de cierto renombre y la chica aparecía en otras de sus pinturas pero esta… apenas se distinguían las formas, el paisaje, parecían manchas deformes, grotescas. Había permanecido oculto durante cientos de años y él lo compró a un contrabandista de arte. Lo que le perturbaba y a la vez le atraía era una mancha que parecían unos ojos detrás de la mujer como observándola. Éste era uno de los últimos cuadros realizados por el pintor. Había muerto asesinado por un mecenas que se había sentido estafado ¿Serían de él esos ojos sombríos? Ella comenzó a tiritar, la luz comenzaba a escaparse bajo la copa de los arboles, tenía los pies entumecidos y estaba cansada aún así el pintor seguía a un ritmo frenético. Escuchó tras ella un ruido, giró su cabeza y no vio nada, eran las ramas que se movían sin embargo crujían las hojas caídas, le dio un escalofrío, alzó su mirada hacía el pintor que parecía no haberlo escuchado. Cuando no soportó más se levantó, se cubrió con unas mantas y tras secarse se vistió. Realizó todas estas acciones sin que él dijera nada, nunca levantó la vista del lienzo hasta que ella se acercó por detrás, él cubrió la pintura y dio por terminada la sesión. Volvieron en silencio al pueblo y se despidieron en la puerta de la casa de ella. Había algo en los ojos de él que la hacían presentir que esta había sido su despedida. ¿Por eso la compasión en la mirada de ella? pensó el hombre mientras ponía shampoo en lo que le restaba de su cabellera. Que hermosos ojos volvió a pensar él mientras se sumergía en el agua caliente que desprendía un vapor por encima del habitual. Hay ojos que solo miran y no hablan. Los ojos de ella estaban clavados en el hombre de la tina y vio emerger del vapor a un hombre que lo sujetó de hombros y cabeza ahogando al hombre corpulento que comenzó a salpicar agua por doquier con sus pies Esta vez ella no le pudo ofrecer ninguna mirada de compasión. El vapor inundó el cuarto, parecía una niebla espesa y la larga exposición a esta hizo que la pintura se vaya desfigurando perdiendo las pocas formas que tenía.
Dos años después, tras la muerte del pintor, un día llaman a la puerta de la musa. Deja a su crío sobre la mesa junto a los huevos que estaba revolviendo y la abre. Un chico corre a lo lejos y sobre el suelo un paquete con su nombre, lo abre, es el último cuadro que había hecho junto al pintor. Se asusta al verlo por lo que entra en la casa y lo deja apoyado en el suelo. Se sienta en su mecedora cargando en su pecho al crío y mira de reojo al cuadro, luego de frente. Hay algo que la atrae y no puede explicar, ¿así es cómo la vio aquella vez? El vapor va destiñendo los colores del cuadro y dejan entrever los bocetos previos, se abre la puerta y entra a la escena del crimen, el inspector Arévalo.



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