El menú
- 19 oct 2018
- 13 Min. de lectura
Actualizado: 21 oct 2018
Es de noche, la luz de la Luna se escurre por la cúpula de vidrio y cae de lleno sobre la cabeza de un hombre, este está sentado, pareciera estar esperando a alguien pero ya no lo hace. Se encuentra rodeado por un ejército de mesas y sillas ubicadas en un espacio circular, bordeando este espacio se hallan los locales de comida. Al ser de noche los locales y sus dueños duermen, todo lo contrario durante el día ni decir los fines de semana cuando el patio de comidas cobra vida. Si uno se para en el centro de este y presta atención a su olfato puede llegar a distinguir todo el menú; las hamburguesas de la esquina se entrelazan con el aroma de un arroz bien condimentado, un poco más allá el olor a salchichas alemanas con mostaza se cruzan con la carne cortada en tiritas de los árabes. Imposible no salivar ante el apetitoso aroma a pizza recién horneada y de fideos con pesto. La gente circula preguntándose qué es lo que su estomago quiere y algunos, los decididos, van directo al local de pollo frito. Una lástima que muy pocos se percaten de estas mezclas de sabores. La gente es un poco sucia, piensa Ester. Es una más de las encargadas de limpieza. A pesar de estar llegando a los 40 se mantiene bastante en forma, es la única manera de poder conocer a alguien se repite constantemente. Hay algunos de los que están ahí sentados que la miran con ganas y ella lo sabe, a veces le molesta, otras no. Ha pasado la noche con alguno de los que van a comer pero ella sigue atenta a la mirada de Germán, un hombre pocos años menor que ella que trabaja en la boletería del cine. La gente a veces es maleducada y distraída, vuelve a pensar Ester. Ella ve de todo, están esas personas que se sientan en el patio alejadas del resto y observan con desconfianza a los demás y al levantarse dejan en la mesa sus porquerías, están los que escupen comida al hablar y siempre está el que escupe en el suelo. Los que no paran de reír, los que están apurados, los que esperan la oportunidad de que algún distraído deje algo. Después está la cofradía de cocineros que trabajan todo el día cocinando las cosas que ella limpiará, esa hamburguesa con mostaza que se cae al suelo y lo mancha, la gaseosa, las migas de pan. Están todos ahí atrapados en esa máquina de consumo alimenticio. Luego está ella, que se siente sola aún rodeada de tanta gente, repasando la misma baldosa una y otra vez durante días, semanas e incluso años. Está cansada pero no se anima a dejar el trabajo, se siente vieja y condenada. Vive con su madre que lentamente la vuelve loca. Una vez tuvo la oportunidad de escapar a todo esto, hace unos años un hombre con el cual noviaba le propuso matrimonio pero por cosas de la vida no se dio. ¿Qué sería de su vida si hubiese sucedido? Ella a diferencia de otros que trabajan ahí prefiere quedarse hasta tarde, no por el gusto al trabajo sino para no volver frustrada a su casa. A veces siente pena por el viejo cascarrabias que viene día por medio y se sienta a contemplar a la gente. Habla con muy pocas personas y a ella ni la registra, eso la exaspera, no le molesta la indiferencia de los que están ahí pasajeramente sino de los mismos que forman parte de esta comunidad y el viejo, consiente o no, forma parte de esta. Hasta en los sueños Ester está atrapada en este lugar, sueña que tiene poderes y los utiliza con aquellos que no respetan las normas e incluso ha mandado a unos cuantos al más allá, por eso cuando despierta si bien sabe que son pesadillas, se siente aliviada. A Ester le gusta pasar con su trapeador cerca de la boletería del cine y a veces, si no hay nadie observándola, coquetear con el trapeador disimuladamente esperando que Germán la observe. Con él cruza palabra muy de vez en cuando y una vez se fueron juntos del patio de comidas. Solo con él, se permite ser paciente.
Germán es un hombre de barba y anteojos que le gusta el cine. Hizo algún curso cuando terminó el colegio pero nunca tuvo la oportunidad de entrar en el medio, aún así, sigue con interés algunas revistas de cine y trabaja en uno lo que le permite ver películas gratis una vez por semana. Empezó hace poco en el complejo donde actualmente se desempeña, primero cortando tickets, después vendiéndolos y a veces como limpieza, hace un poco de todo. Cuando nadie lo ve entra a las salas con alguna excusa y se queda mirando la película proyectada, analiza los encuadres mientras corrobora que nadie estuviese haciendo nada indecente. A veces creen que nadie los ve, piensa German. Pero ahí están, en su mayoría parejas adolecentes toqueteándose por demás y sin ningún respeto por la película que están proyectando. Se perdió el respeto por las películas, Fellini, Kubrik, Allen, hasta en las adaptaciones de ¡Shakespeare!. Para él, el cine es algo mágico, un escape de la realidad. Uno se sienta en esas cómodas butacas, se reclina un poco, espera a que se apague la luz y el halo del proyector inunde la pantalla. Las buenas historias a uno lo envuelven, dice, pero siente que cada vez hay menos buenas historias y menos aún esas obras maestras de las que estaba acostumbrado. No le gusta que la gente coma pochoclos en el cine y si fuera por él los prohibiría. La gente los tira al piso, crujen sus dientes, hacen ruido con las bolsas. Una falta de respeto. Vive en un departamento pequeño que comparte con un desconocido y casi no se ven las caras. Los fines de semana va a visitar a sus padres un rato por compromiso, siente apatía por todo y por todos, salvo por el cine. Los días que le toca estar en la boletería son los que más bronca le dan, ver como la gente ve solo las películas pochocleras con pochoclos que él tendrá que limpiar después. Es un trabajo rutinario que no le exige demasiado salvo los fines de semana cuando se llena de gente y de niños corriendo por doquier, eso lo altera. Ya tuvo que dejar un trabajo por un altercado con un cliente. Aquel día lo recordará por dos cosas; la sonrisa que le dedicó Vanina, una chica recién salida de su adolescencia que empezó a trabajar en el local de pollo frito y darse cuenta que el viejo que va a pasar sus tardes al patio de comidas, es el mismo que hizo que lo echaran de su anterior trabajo.
En el colegio le decían Vani, un diminutivo que una vez concluido este quiso erradicar. La hacía sentir como una nena y ya no lo era. Por eso le gustaba German, el hombre que trabaja en el cine. Es el tipo de hombre que le gusta llevar a escondidas a su cama. Sus últimos años de colegio destiñeron lo que había logrado en sus primeros años, sus notas habían descendido en picada sobre todo en los años más crudos de su adolescencia. Odia a sus padres y a su estilo de vida, siempre supo que no quería pertenecer a ese circuito putrefacto e hipócrita. Si, vive en una buena casa, grande y por ende solitaria salvo cuando se hacen esas fiestas de sociedad a las cuales asistían los padres de algunos de sus acaudalados compañeros de colegio. Podría haber estudiado en esas elegantes universidades pero prefirió por primera vez hacer lo que quiso y gran disgusto les dio a sus padres cuando empezó a trabajar en una cadena de comida rápida. ¡Como le gusta trabajar ahí con toda esa gente tan distinta! No sabe si es feliz pero al menos lo hace por ella misma. Sabe que tiene más belleza que talento y por eso la contrató su rechoncho jefe. Los primeros días quemó varias órdenes de pollo, ensució con aceite el piso, casi quema a un compañero y aún así sigue ahí. Bajo la mirada comprensiva de su jefe terminó trabajando en la caja y a veces, en alguna distracción le gusta quedarse con algún billete, total a la multinacional le sobran. Le costó adaptarse al trabajo y a sus compañeros que a veces la miran con suspicacia pero al final del día, recuerda sus días de colegio y al menos esboza una sonrisa. Sabe que no pertenece a ninguno de los dos mundos, al de sus padres ni al de los que van al patio de comidas por lo que se encuentra en esa franja de parias en busca de un lugar al cual pertenecer.
De vez en cuando mira por demás a las personas que atiende como tratando de descifrar sus vidas, las mira sentarse y devorar su comida. De todos los ahí presentes es la que más atención le presta al hombre de gabardina y sombrero. Lo encontraba un enigma por no saber a cual mundo pertenecía, sabía que se llamaba Julio e iba día por medio y se quedaba ahí sentado mirando a la gente y leyendo.
Los últimos años de vida de Julio estuvieron marcados por el recuerdo, cuando estos lo invadían debía salir de su casa y usualmente se dirigía al patio de comidas del shopping a rodearse de gente. Sabía que no siempre era agradable con las personas pero ya no le importaba. Vivía en una casa modesta pero funcional, llevaba viviendo más de la mitad de su vida ahí y no había querido mudarse por temor a que no le llegara nunca la carta que había estado esperando, la de Beatriz. La persona que espera tiene algo de desdichada, le cuesta disfrutar del presente sabiendo que está aguardando otra cosa, tal vez mejor, como en un constante estado de vigilia y eso le pasó a Julio. Aquella mañana se despertó alarmado por sus sueños, él corría tras un tren que nunca llegaba a alcanzar mientras una mujer lo miraba desde la ventanilla saludándole, luego su mirada se desviaba hacia el hombre de sombrero y gabardina que lo miraba tras las sombras. Lo primero que hizo al despertarse de su mal sueño fue ir en busca del pañuelo que se había deslizado de la mano de Beatriz, ya no quedaban rastros de su aroma, igualmente lo olió, luego volvió a sentarse y lloró. Julio recordaba su infancia jugando en la calle con sus vecinos y una pelota de trapo, en esa época circulaban pocos autos y usaban piedras como arcos. El Flaco era el que mejor jugaba y siempre le daba ese pase gol magistral. Vivía a la vuelta de su casa y su padre tenía una zapatería y el día que entró como aprendiz al taller, cambió su vida. Era un día soleado y el sol ya había evaporado los restos de lluvia del día anterior cuando entró al local don Carlos junto a su hija Beatriz. Con el Flaco, que también estaba rodeando por el taller, se cruzaron mirada, ninguno de los dos dijo nada abiertamente pero ambos sabían que se habían enamorado de Beatriz. Solo tocaban el tema tangencialmente, nunca directamente. Un día decidieron trasladar el partido de futbol al frente de la casa de ella. A partir de ese día parecía que los dos chicos se esmeraban en tirar la pelota para la casa de don Carlos y si tenían suerte esperaban verla por la ventana o mejor aún, que Beatriz les alcance la pelota. Ya nadie queda en el barrio para recordar la pelea entre el Flaco y Julio, fue durante la tarde, alrededor de las 6 cuando Julio salía del taller. Ese día se iba bien vestido, llevaba perfume e iba a la casa de Beatriz para llevarla al cine. Julio pasaba delante de su casa y arrojaba una piedrita a la ventana para luego esperarla en la esquina. El Flaco que ya sabía los movimientos porque los había estado siguiendo en otras ocasiones se le apareció tras un árbol. El intercambio de miradas le bastó a Julio para comprender de qué venía la cosa pero no esperaba que se dieran semejante paliza, menos que cayera la policía y aún menos que esto llegara a oídos del padre de Beatriz que de aquella manera se enteró que su hija andaba noviando. De la noche a la mañana había perdido un amigo, el trabajo y cualquier oportunidad con Beatriz.
La última vez que se vieron fue por intermedio de una mucama de la casa de ella. Salieron juntas a hacer las compras cuando Beatriz se separó y cruzó la calle para encontrarse con Julio, él la tomó de la mano y se la llevó al cine. De tanto ir ya conocían al encargado que los dejó estar en la sala de proyecciones, ahí luego de jurarse amor eterno, se fueron desvistiendo al compas del giro del proyector, aquella tarde pasaron “Arrabalera” de Tita Merello. Cuando se enteró que Beatriz se mudaba a la gran ciudad corrió como un demonio a la estación de tren y a los gritos pudo hacer que ella sacara su cabeza por la ventana y soltara un pañuelo perfumado que Julio recogió en el andén. Al tiempo supo que don Carlos había decidido irse luego de una visita al médico de Beatriz. Julio sale del baño del shopping con un “puñal” en su corazón. Hace un esfuerzo enorme para sentarse nuevamente y poder desplomarse al menos como transcurrió su vida . Sentado. Lo último que oye es el cuchicheo entre el vendedor de tickets y la mujer que limpia. El inspector Arévalo se despierta ese día con un gusto amargo en la boca teniendo la sensación que algo no iba a estar bien. Hace unos meses que le costaba pensar con claridad, no entendía que Camila lo había abandonado. Sonó su celular antes de lo esperado aunque ya empezaba a clarear. - Hay un muerto en el patio de comidas del shopping –dijo una voz cascada. - ¡Un fiambre!, respondió irónico Arévalo. Aún así se toma su tiempo para desayunar. La noche anterior había salido con uno de sus compañeros, a él le gusta la cerveza pero a su colega le gustaba el whisky, parecían como esas parejas de policías que se veían en las series. El cliché de ir a un bar de mala muerte a tomar alcohol barato y chicas bailando alrededor. Siente aun la bruma en su mente cuando deja su Fiat 600 mal estacionado a las puertas del shopping. Espera que sea un caso sencillo, habían detenido a dos personas a las cuales esperaba tomarles declaración. Ojalá alguno confiese rápido porque la resaca me está matando, pensó Arévalo mientras subía por las escaleras mecánicas. Su trabajo ya había dejado de gustarle aunque hubo un momento meses atrás cuando el auto rojo que había estado persiguiendo volcó y vio como la muerte se escurría por la ventanilla del conductor, eso lo hizo sentirse vivo. Fue como un chispazo de luz en tanta oscuridad. Lo primero que ve al entrar a la escena del crimen es un hombre mayor, cubierto por una gabardina, sentado apaciblemente en una de las sillas del patio de comida. A su alrededor algunos oficiales, detrás una chica sentada que tirita de miedo y al fondo vigilados por un policía, un hombre de barba y una mujer. - la chica ahí sentada es la que dio parte a la policía y a esos dos los encontramos merodeando en el shopping –le dijo un oficial. Arévalo mira detenidamente el cuerpo del hombre, parece no tener marcas, eso es lo de menos. Hay formas de matar que no dejan huellas. Seguramente con un buen interrogatorio sepamos lo que sucedió antes del informe forense, se dijo a si mismo mientras se acerca a la chica. Ésta es una joven de unos 20 años, de cabello rojizo y ojos grandes. Es de esas chicas rabiosas que hacen cualquier cosa para enfadar a sus padres ricachones pero frágiles por dentro y haber visto cara a cara a la muerte le había dado un buen cachetazo. - ¿nombre? –le preguntó Arévalo sin rodeos. - Vanina. - ¿A qué hora encontraste al hombre? - Alrededor de las 4… “Venía seguido al patio, se llamaba Julio y no hablaba con nadie, solo se sentaba a leer o mirar… Eran tipo las 13, yo estaba atendiendo a una mujer cuando lo vi caminando lentamente. Sus pasos eran firmes aunque parecía cansado. Se sentó y de ahí no se movió. En algún momento me pareció verlo leer un libro y cada tanto levantaba su vista y miraba su alrededor. Por la tarde me acerqué a la boletería del cine donde trabaja Germán, el hombre de barba. Me gusta, quería que me invite a tomar algo, no sé, y después quedarnos en el shopping… Ya lo hice alguna vez, ¡es divertido!... Terminé de trabajar alrededor de las 11 después de cerrar la caja fui a cambiarme y después no lo volví a ver, hasta hace una hora… Me encontré con Germán pero estaba un poco evasivo, como incómodo, así que le dije que haga lo que quiera, yo me iba a quedar, no tenía ganas de volver a mi casa…“
Arévalo hizo algunos apuntes pero no iba a sacar nada interesante. Cada tanto miraba de reojo a Germán y a la mujer de limpieza y se relamía ante la posibilidad de asustarlos un poco para al menos sacar algo provechoso de toda esa situación.
Beatriz era una mujer coqueta acostumbrada a tener el mundo a sus pies y siempre con algún galán tras ella. Su padre era un hombre acaudalado y cuando se fueron del país supo casarse con un hombre bien posicionado. El viaje trasatlántico lo hicieron en barco por el temor a estar tan cerca de las nubes, este era grande e iba a la mitad de su capacidad por lo cual hizo el viaje más placentero. El camarote de Beatriz era pequeño pero al menos no tenía que compartirlo, viajaba en un piso superior por lo que podía observar el mar con solo mirar por ventana. Nunca había viajado en barco, no conocía el océano, tenía miedo y nauseas. Al igual que el barco era un vaivén emocional y aun tenía en su retina la imagen de Julio corriendo por el andén. Ese vaivén perduró el resto de su vida. Casada y con hijos, ¿qué hubiera pasado si…? Volvía constantemente. El día que cumplió 80 años le regalaron un pasaje de vuelta a su tierra natal y una de sus nietas se ofreció acompañarla. Sus manos temblaban al abrir el sobre con los pasajes pero no podía definir de cual emoción. Todo había cambiado, no era la ciudad que conocía. Caminaba por las calles de la capital y cada tanto giraba su cabeza para ver si veía alguien conocido. Se sentía incómoda y cuando su nieta le pidió entrar al shopping tuvo una extraña sensación. Caminaba lento, pensando en cada paso, hasta que sin darse cuenta se detuvo. Sus ojos se posaron en el hombre sentado con gabardina, ambos cruzaron miradas, él permanecía sentado como esperándola. Se miraron detenidamente y a la distancia. Sus arrugas, sus temblores, sus cansancios. Beatriz estaba atornillada al piso. Volvía a ser la mujer de veinte años atrapada en un dilema, hasta que su nieta tiró de la manga de Beatriz pidiéndole si la podía acompañar a tal local y ella una vez más, se dejó arrastrar. Lo que el inspector no sabrá nunca es la conexión entre las muertes de Julio y Beatriz, pero a kilómetros de distancia, ella en su hotel, él en un patio de comidas.



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