Divina aventura
- 1 abr 2019
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Abrió el cajón donde guardaba sus corbatas, había de todos colores y estilos pero ninguna lo convencía hasta que lo encontró. Un moño rojo oscuro. Sí, eso iba a usar, le pareció un interesante detalle ir de moño. Ojalá sepan apreciarlo pensó. Se miró al espejo, estaba impecable en su traje nuevo. Peinó su joven cabello hacia atrás, tomó el sobre frente a él y salió. Descendió por una escalera acaracolada de piedra, algunos peldaños estaban gastados y una nube de polvo se levantó tras él. Era un camino olvidado pero su jefe le pidió que lo utilizara porque tenía un sentido especial, para él solo ensuciaba su ropa. Tras pisar el último escalón se quedó sin aliento. Había escuchado historias de aquel hombre sentado que le daba la espalda. Tenía el torso desnudo y su espalda cubierta por una capa negra gastada y agujereada. Se acercó despacio y con respeto, aquel hombre viejo de barba larga y pelos alborotados tardó en ver su presencia. Se cruzaron miradas, aquel era un hombre fatigado deseoso de descanso. Buscó entre sus ropas unas monedas y se las dio al hombre de la capa, este se puso de pie. La tierra hubiera temblado ante un hombre así, dio unos pasos hacia su barca y le hizo señas para que se aproxime, el joven miró la barca, parecía increíble que haya podido transportar tanta gente en esa embarcación. Le falta limpieza pensó mientras se sentaba deseoso de poner algo entre la madera y sus pantalones. Era su primera asignación, tenía que quedar bien con el jefe e ir a tamaña reunión desprolijo no le causaba gracia. El viejo tomó el remo con su brazo derecho, el más trabajado, y enfiló la barca por aquel rio fangoso en dirección al inframundo.
I
Satán había sido hermoso, un ángel que todos adoraban. Ahora era viejo, feo, gordo y cargaba en sus hombros las acciones que lo habían condenado, tenía que dirigir aquel espantoso lugar que era el infierno. Trataba de ocultar su desprecio por aquella tarea haciendo lo contrario, su mirada fatigada lo delataba y su sentido del humor era lo único que lo hacía sobrellevar tamaña empresa. Lástima que su novio Josef no pudiera apreciarlo. Estaba ojeroso, con el pelo sucio y necesitaba darse un baño. Se encontraba mirando una mosca en la pared cuando llamaron a la puerta.
- Adelante –dijo con su voz gruesa y retumbante.Tras abrirse la puerta entró uno de sus lacayos.
- Hay un mensajero de arriba, dice que tiene algo muy importante para usted.Satán rascó sus enmarañados cabellos.
- hágalo pasar… no, mejor que espere, si, que espere parado durante horas.- muy bien amo así se dice- y el lacayo se retiró.
Satán largó un suspiro con su aliento fétido y contaminó la sala, se acomodó en su trono y estiró sus piernas esperando descansar unas horas. Un sueño se coló en su mente, era joven nuevamente, estaba en el cielo y aún tenía alas. Correteaba entre las nubes persiguiendo a una doncella que le agradaba. Se abrió la puerta de golpe y el sueño se esfumó.
- Vengo de la tierra con órdenes directas.
Satán abrió sus ojos y se puso de pie rápidamente, sabía como desplegar su cuerpo para intimidar y se paró delante del joven.
-Mi nombre es Santiago, me pidieron que le entregue este sobre con urgencia –estiró su mano y se lo alcanzó.
Satán suspiró y tomó el sobre. Lo abrió y su cara se fue transformando a medida que lo leía. “Por orden explicita del pontífice Francisco I, el infierno ha dejado de existir y por ende deberá ser disuelto…” Satán acarició sus barbas y luego tiró de ellas.
- ¡¿y yo qué demonios voy a hacer?! – vociferó ante Santiago.
- no sé señor… - respondió titubeante.- imbécil, imbéciles. ¿No te dijeron qué van a hacer con toda la gente que hay acá? ¿Qué va a pasar con los negros, los gays, los judíos, los musulmanes, los dictadores, los pecadores y toda esa sarta de gente que no quieren en el cielo?... ¿y conmigo? –dijo mientras mordía sus largas uñas.
- soy solo el mensajero señor.- agggg, burócratas del demonio –bramó Satan- Lacayo llévatelo y enciérralo, que se pudra en una mazmorra y que le apliquen los peores castigos.- no puede señor, soy solo un mensajero –sacó de su traje un pequeño carnet- este es mi salvo conducto.
- Agggggg –dijo Satán mientras de su dedo largaba un rayo que tras varios sortilegios se transformaban en tormentas eléctricas sobre la tierra
- muy bien, pero tendrás que encontrar el camino de regreso.
Santiago se retiró sin emitir palabra. Satán volvió a sentarse y se quedó nuevamente dormido pensando en cuál de sus dictadores preferidos de la tierra manipularía.
II
Caminó por los pasillos del palacio infernal sin saber por dónde ir, estaba perdido y los cuadros colgados en hilera sobre la pared lo observaban y reían de Santiago.- No se preocupe –dijo una voz tras él- les gusta regodearse de las miserias del prójimo.Un hombre anciano vestido de rojo con una corona de laurel en su cabeza se le acercó.-venga yo lo ayudo –volvió a decirle.Santiago caminó tras del hombre. Subieron, bajaron escaleras y atravesaron pasillos con total seguridad por parte del anciano.- es usted muy amable, permítame su nombre –dijo Santiago.- lo he olvidado, solo sé que me gustaba escribir y llegué hasta acá por mi fiel relato sobre el infierno. Se detuvieron ante una puerta de madera que parecía frágil y al abrirla rechinó. Tras ella se hallaba un vasto bosque, el hombre le hizo señas para que Santiago pase.- recuerde lo siguiente: el infierno es un lugar agradable pero lleno de gente malvada –le dijo a Santiago gratuitamente.- ¿puede acompañarme?- no, pertenezco a este lugar y ya he olvidado lo que es hacer el bien –dicho esto el anciano cerró la puerta.El bosque parecía infinito, las copas de los arboles estaban llenas de hojas rojas de distintas tonalidades aparte de eso era un bosque como los que él conocía. El cielo era gris como en un constante a punto de llover y a lo lejos en vez de truenos se oían gritos, llantos y súplicas que le dejaban a uno la piel de gallina. Santiago se adentró por aquel bosque sin ninguna dirección. A medida que se aproximaba la noche los gritos se multiplicaban, tenía frío y estaba perdido. El follaje era cada vez más húmedo y se sentó a descansar sobre un árbol caído. Tenía ganas de llorar pero no salían lágrimas. - ¿Por qué lloras? –dijo tras él una voz.Santiago giró su cabeza y tras los árboles apareció un hombre de contextura media, pelo engominado hacia un costado y un agradable bigotito.- no puedo llorar. ¿Quién eres?- no sé, no lo recuerdo. Solo sé que estoy acá por haberme suicidado. –le respondió el hombre de bigote.- ¿podrías ayudarme? No sé el camino y tengo que salir de este espantoso lugar.- claro, si que puedo, pero… - el hombre bajo su mirada- solo si me ayudas a mi primero, es que temo que te vayas debiéndome un favor.- muy bien, ¿Qué tengo que hacer?- oh, nada en particular. Solo acompañarme y vigilar, es que me robaron y quiero recuperar aquello que era mío, nada más –le dijo con una mirada inocente.- bueno, en marcha entonces.Dicho esto el hombre del bigote juntó sus talones, extendió su mano en saludo y se dirigió por donde vino acompañado de Santiago.
III
Caminaron por un sendero sin saber por cuánto tiempo hasta llegar a una cabaña en medio de un claro del bosque. Tenía una cerca de piedra y dos gárgolas custodiaban la entrada. La cabaña parecía haber nacido con ese lugar.- Espérame aquí –dijo el hombre del bigote- escondido tras el follaje, si ves algún movimiento silba.Y sigilosamente se adentró el hombre a la cabaña. Santiago se acomodó entre la hierba y observó. Las gárgolas parecían que lo vigilaban a él pero eran de piedra. Tras un rato de espera sin oír ningún ruido del interior ni a su alrededor decidió aventurarse. Caminó entre las gárgolas con un escalofrío en su espalda, apoyó su mano en el robusto picaporte y entró. Una rápida mirada, no había nadie en su interior y menos rastros de que hayan entrado cuando sintió un cosquilleo en sus pies que se trasladó al resto de su cuerpo. Vio como los objetos se volvían inmensos. Se palmeó el pequeño cuerpo cuando vio correr al hombrecillo del bigote hacia él llevando consigo una bolsa de oro.- hay que salir de acá antes que vuelvan los hombres kipá –le dijo mientras lo tomaba del brazo y Santiago se dejaba arrastrar.Al acercarse a la puerta esta se abrió y un pie gigante estuvo cerca de aplastarlos, corrieron hasta la abertura pero la mano del gigante fue más rápida y los agarró. Santiago vio como su compañero chillaba y pataleaba como un niño.- suéltame bribón, maldito judío, me las vas a volver a pagar –chilló el hombrecillo del bigote.El gigante los puso dentro de una taza y la voz, al retumbar, podía oírla el gigante.- me estabas robando maldito rufián, esta es la última vez que lo haces –dijo el gigante y su voz hizo vibrar la porcelana.- quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón –le respondió el hombrecillo.El gigante rio con ganas.- tú no tienes perdón por eso estamos acá.- ¿y tú porqué estás? –preguntó Santiago.- por haber dado el beso traicionero –le respondió.El gigante tomó sus cabellos y suspiró. El aire frío asustó a Santiago y trajo consigo unos cabellos del gigante que cayeron dentro la taza.- voy a hervirlos y tomarlos como sopa –dijo el gigante mientras ponía a calentar la cacerola.Santiago y el hombre del bigote se miraron aterrados pero sabían qué hacer, habían tenido suerte. Tomaron los pelos y los entrelazaron cual sogas. Santiago se quitó sus zapatos y los ató a esta. Arrogó la soga y tras unos intentos quedo atrapada en uno de los agujeros de la mesa. Subieron por la taza sigilosamente mientras el gigante cortaba algunas verduras.- tú corre hacia la puerta, yo tengo que ir a por el oro –dijo el hombrecillo del bigote mientas observaba de reojo al gigante – una vez fuera volverás a tu tamaño.Santiago corrió por la mesa en dirección a la puerta. Al llegar al final de esta estuvo a punto de saltar al vacío, una buena forma de terminar con todo esto pensó pero se sentía vivo y quería salir de ahí. Había pasado algunos años detrás de un escritorio y era hora de moverse un poco. Agarró dos astillas de la mesa y las usó como estacas clavándolas en la pata de madera para bajar. Luego corrió hacia la puerta y saltó al exterior mientras un grito retumbaba en el ambiente proveniente del gigante. Santiago recobró su estatura y al mirar por la ventana vio como el ahora no tan gigante tenía un ojo sangrando y corría hacia la puerta. Esta se abrió y tras ella salió el hombre del bigote que cayó sobre Santiago.- ahora son míos –dijo el judío con un gran cuchillo en sus manos mientras Santiago y el hombre del bigote permanecían en el suelo tras su caída.Santiago cerró los ojos y oyó como la hoja del cuchillo cortaba el aire. El piso vibro cuando cayó el hombre ciclope. Tras él un hombre encapuchado de negra vestimenta sostenía en su mano un gran bisturí. - gracias buen hombre –dijo el hombre del bigote- este salvaje estuvo a punto de matarnos, nos quería comer. El hombre misterioso permaneció en silencio.- oiga se me ocurre que puedes darnos una mano, allí dentro guarda mucho oro… -el hombre encapuchado permaneció inmóvil sin interés a sus palabras-… y tiene a su mujer escondida –al oír esto el hombre misterioso lo observó- , dicen que es una belleza, podemos raptarla y llevárnosla. Quemar la cabaña luego y descuartizar….Santiago se había alejado temeroso de lo que podía llegar a proponer aquel loco de bigote.
IV
Corrió por el bosque de noche aunque había una luz muy tenue. A lo lejos seguían los llantos, gritos y algunas risas macabras, corrió hasta tropezarse y caer sobre una rama donde quedó inconsciente hasta el amanecer. Al abrir los ojos se asustó, frente a él estaba parado observándolo un diablillo rojo. Era la imagen que Santiago tenía sobre Satán antes de conocerlo solo que este medía escasos centímetros. El diablillo sacó un pequeño tridente que lo dirigió hacia su ojo y se detuvo.-Buen día viajero perdido. ¿qué haces acá en este horrendo lugar? Santiago se incorporó con su cuerpo dolorido.- Soy un mensajero, vengo de la tierra y no sé cómo volver.El diablillo acarició sus barbas.- yo puedo ayudarte.- no gracias, ya me ayudaron bastante.- mmm, dejarse ayudar por la gente de acá es una mala decisión, pero yo ofrezco mi ayuda.Santiago rasco sus cabellos –no entiendo la diferencia…- da igual mortal, ahora es momento que desayunes –dicho esto el diablillo le ofreció un desayuno, huevos revueltos y una carne de buen sabor.Tras el desayuno Santiago sintió su cuerpo recomponerse, se incorporó y comenzó a caminar por el sendero.- por ahí no es –dijo el diablillo, Santiago lo miro y siguió su marcha- ese camino te conduce al condado gay, supongo que te imaginas lo que te harán ahí como castigo… ¿o acaso…?Santiago se detuvo y recordó a la mujer que se sentaba al lado de su escritorio era belleza bien dotada. La miraba con ganas y muchas veces había tratado de avanzar en su conquista sabiendo que ella era casada, no era acaso un pecado desear a la mujer del prójimo se preguntó ahí parado en medio del bosque infernal.- no, claro que no –le respondió.- entonces debes seguirme, debemos atravesar el bosque infernal primero, cruzar el rio de los fantasmas para luego atravesar el condado de los impuros hasta llegar al castillo de la crueldad, ahí se encuentra la única salida de este lado.- ¿Hay otras? –le preguntó Santiago.- por supuesto, desde el palacio infernal, el mismo recorrido por donde entraste. - y tú que ganas con todo esto? –dijo Santiago tras unos segundos de silencio.El diablillo bajó su mirada –nada, solo ayudar y tal vez…- ¿tal vez qué?- oh, nada, nada, alguna vez fui un buen samaritano.Ambos cruzaron miradas y una vez más, Santiago siguió al diablillo.
V
Caminaron por el bosque, de una extraña belleza, y solo se detuvieron para que Santiago almuerce unos bocadillos que el diablillo le consiguió de buena gana.- tienes cara y forma de diablillo pero no te comportas como tal –dijo Santiago mientras se acomodaba en el tronco de un árbol- ¿cómo te llamas?- no lo sé –le respondió indiferente el diablillo.- ninguno sabe su nombre acá, ¿cómo es que llegaste entonces?El diablillo lo miró y se sentó sobre una rama, bajó su mirada.- Tengo un recuerdo cada vez más débil y a veces vuelve en forma de sueños fragmentos que al despertar huyen pero algo queda… -el diablillo dirigió su mirada a Santiago- de joven era agraciado, inteligente y los demás me tenían estima. Me consultaban sobre decisiones importantes y era respetado pero ¡cuidado! La envidia corroe a las personas. Había alguien que no le gustaba mi creciente popularidad y ahora sé que quien endulzaba mi oído en realidad lo estaba envenenando –Santiago se inclinó para oír mejor la historia- Había una dama muy bella, hermosa, a la cual cortejaba y era correspondido en su amor pero no era el único… La conocí un día de cielo despejado. Ella estaba sentada en una fuente cuando la vi. Me acerqué inocente, sin esperar nada a cambio, cuando me miró sus ojos color cielo me atraparon. Destilaba fragilidad y yo emanaba seguridad pero quedé desarmado ante su mirada. Cuando paseábamos por los jardines solo podía oler su aroma, las flores parecían marchitas frente a su rostro…- se había enamorado entonces –aportó Santiago.- sí, y mi enemigo, celoso, aprovechado la oportunidad para difamarme por lo bajo. Los que antes pedían mi consejo dudaban de lo que yo decía y eso me irritaba. Eso hacía que me encierre y no podía ver a mí alrededor, hasta que un día… -el diablillo suspiró- la fortuna trajo a mis oídos el nombre de quien me difamaba y decidí enfrentarlo en su propio palacio.- ¿era un rey?- … Alguna vez lo fue, sí. Yo que te he ayudado en tantas batallas contra otros reyes y ahora que quedan pocos reyes como tú, empecé diciéndole, me traicionas me dejas de lado menospreciando mi palabra. Aquel rey que en ese momento era más iracundo me desterró –dijo el diablillo haciendo una pausa- me difamó y cuando me alejaba de aquel lugar vi con el rabillo del ojo a mi amada…Las hojas se movieron por la brisa helada que había quedado en el ambiente. Ninguno quería levantar su mirada ya que en ambos ojos había solo penas.- Quisiera decir que me gustaría volver a verla pero más deseo es salir de este inmundo lugar –dijo el diablillo y calló. Se puso de pie y se alejó por entre los arbustos.Santiago quiso decir algo, detenerlo, pero no podía. Estaba paralizado. El sueño fue apoderándose de él. Soñó que corría en círculos y cada vez se sumaban más y más personas que querían escapar pero no podían, no sabían a donde ir. Cuando despertó sintió sus manos y pies atados, estaba sobre una carreta y las copas de los árboles se movían lentamente. Tras él, alguien silbaba.
VI
Santiago estiró su cabeza y observó al hombre regordete de rasgos orientales que silbaba, este le guiñó el ojo para luego mirar a su acompañante, una mujer con aires de duquesa que se acomodaba a cada salto de la carreta su peluca corta y blanquecina.- ha despeltado nuestlo amigo –dijo el hombre regordete.La mujer volteó su cabeza hacia Santiago y tras una breve observación le guiñó el ojo y volvió su mirada a la carretera. - seguramente podamos sacar bastante provecho de este caballero –finalizó la conversación la mujer. Santiago cerró los ojos aterrado al oír las palabras de la mujer. Tanteó sus amarras sin éxito y resignado apoyó su cabeza sobre las tablas de madera de la carreta. Unas horas después sintió como las ruedas cambiaban de superficie y se adentraban por un camino pavimentado pasando por debajo de un cartel de madera que decía “bienvenidos a whiteland”, minutos después la carreta se detuvo y el conductor y su acompañante bajaron. Santiago alzó su cabeza sobre la carreta y vio como ambos se acercaban hasta un hombre negro con quien conversaron. Luego se dirigieron hasta él.- mila, hombre blanco vestido de tlaje, excelente melcadelia –dijo el hombre oriental que dejaba entrever su prominente calva adornada con un frondoso cabello en su parte trasera.- tú blanco, ¿qué sabes hacer? –le dijo el hombre de color.- soy solo un mensajero, esto es una equivocación… yo no sé hacer nada y no tengo porqué –dijo Santiago tratando de demostrar firmeza en sus palabras.- Oh querido, mejor cállate –dijo la dama.El hombre negro lo miró y asintió su cabeza, dijo unas palabras y otros hombres de color vinieron, agarraron a Santiago y se lo llevaron al interior de la aldea.Parado sobre un escenario de madera se encontraba Santiago atado con una cadena a su pie izquierdo. Bajo el escenario el público negro estaba expectante, deseoso de espectáculo. El mismo hombre que lo recibió apareció sobre las tablas.- contemplen a este hombre blanco recién llegado, miren sus ropas. Se cree mejor que nosotros usando ropa tan elegante –dijo el hombre mientras le sacaba el moño que aún llevaba puesto, los espectadores chillaban ante sus palabras.- pero hoy ha acabado su suerte, hoy es la de ustedes. Hace tiempo que no teníamos tan buen espécimen y este es especial, viene directo de la tierra.El público ardió en gritos y el hecho se transformó en motivo de festejo. La subasta quedó pospuesta para el día siguiente, esa noche celebrarían. Santiago fue llevado a una jaula de madera vigilada por un sabueso negro de gran tamaño. Se encontraba en penumbras y solo llegaban resabios de la gran fogata que habían armado y acompañaban con música y danzas. Santiago se agarró de las rodillas y hundió su cabeza entre estas. Unos pasos sobre la hierba alertaron al sabueso que alzó su mirada mientras sacaba sus colmillos y al contemplar la figura delante de él volvió a su posición de descanso.- no te asustes –dijo una voz sensual y Santiago alzó tímidamente su mirada.Frente a él una mujer de piel oscura como la noche, la luz del fuego dibujaba su exquisita silueta, llevaba el pelo corto y apenas cubría su piel con unas finas telas tribales. La mujer dio unos pasos hasta Santiago y este pudo apreciar su bello rostro.- ¿quién eres? –dijo él.- no importa quién soy, solo importa lo que quiero –le respondió felinamente la mujer mientras acariciaba las manos de él. – y te quiero a ti.La mujer dejó caer su atuendo y Santiago perdió el control de su mente. Ella abrió la cerradura de la jaula dejando la puerta abierta y caminó hacia la tienda más cercana.- podría comprarte mañana pero no me interesa, siempre preferí que los hombres lucharan entre ellos antes de poseerme. Si quieres puedes venir, no muerdo, solo debes enfrentarte al sabueso –dicho esto la mujer se metió en la tienda.Santiago hipnotizado por la belleza africana salió de su prisión y caminó en dirección de la tienda cuando los dientes del sabueso se hundieron en su muslo y lo devolvieron a la realidad. La mordedura había sido suave, como una advertencia. Volvía o luchaba. Los dientes blancos de la fiera brillaban como el fuego, tenía unos ojos negros rojizos y babeaba. Santiago divisó una rama gruesa y se acercó lentamente hasta esta bajo la mirada atenta del mastín. Se agachó despacio para agarrarla y el perro entendiendo la situación se abalanzó sobre él. La rama se detuvo entre los dientes del sabueso y Santiago cayó por el peso de la bestia que tiraba con sus garras arañazos que lo rasgaron e hicieron su sangre brotar. Sentía el aliento fétido y voraz sobre él. Hundió su puño sobre las costillas del animal y apenas lo hizo gemir. Junto fuerzas y lo repelió, la bestia a escasa distancia tomó aliento mientras Santiago se puso de pie. Se midieron, él tendría una sola oportunidad, no resistiría mas embistes de la bestia, esta dio un empujón a sus patas traseras y saltó sobre él que con sus últimas fuerzas logró darle un garrotazo en la cabeza al sabueso. El animal cayó rendido, inconsciente por tiempo definido por lo que Santiago corrió con su cuerpo dolorido y sangrante hacia la espesura del bosque. Corrió sin rumbo fijo hasta que pisó tierra húmeda, estaba cerca del agua. A sus espaldas sentía la luz de las antorchas que lo buscaban. Siguió el camino como pudo tratando de distinguir el murmullo del agua. De un momento a otro el bosque se terminó y se encontró ante una playa rocosa donde yacía una barca. Santiago se acercó a esta, quiso empujarla pero no tenía fuerzas. Descubrió la lona que la cubría y se metió en su interior a esperar. Las antorchas estaban cada vez más cerca, podía oler el carbón. Las pisadas sobre la roca se detuvieron a escasos metros de la pequeña embarcación.- esa barca es mía – dijo una voz gruesa y cortante.- estamos buscando a un hombre blanco que se ha escapado y nos pertenece- contestó otra voz, la del negro que lo había estado por rifar.- aquí no hay nadie –respondió tajante.Unos pasos avanzaron para luego detenerse en seco. Santiago espió por entre los agujeros de la barca y vio como un hombre robusto se interpuso ante el avance de los hombres de color.- mi nombre es Josef, has oído hablar de mí y sabes que hago a hombres como tú –dijo el hombre de voz gruesa.Ante esta respuesta los hombres se retiraron. Cuando no hubo rastros de ellos el hombre se acercó a su embarcación y descubrió la lona.- ya sabes quién soy, ahora descansa, estas a salvo –dijo y volvió a cubrir la barca.Santiago a disgusto no tuvo más remedio que caer rendido ante su cansancio.
VII
Se despertó con la luz del día sobre su rostro y la cara de un hombre observándolo. Tenía un frondoso bigote y su pelo cuidadamente peinado hacia atrás.- buen día –le dijo.Santiago se incorporó.
- estás aquí porque yo lo quise, que te quede claro y así como estas aquí puedes volver a estar allá.Santiago asintió con su cabeza, era un hombre intimidante, al recorrer su mirada por la playa se encontró a un grupo de gente familiar sentados en ronda.
- ven te quiero presentar a mis amigos –le dijo en un tono entre conciliador y de obligación.
Santiago se levantó de mala gana y lo acompañó. La gente del grupo lo saludó.
- a ellos ya los conoces son; Adolfo, Jack, Lucifer, Mao, Catarina y yo, Josef. Más tú, Santiago, somos 7 un número ideal.
- ¿cómo? –dijo Santiago.- eso, nosotros te acompañaremos en tu viaje de retorno –dijo firme Josef.
- no, no deseo su compañía.- Por supuesto que sí, tampoco tienes que desearla, es algo que va a ocurrir –volvió a responderle.- Mira querido, necesitas gente como nosotros para salir de acá sano y salvo –dijo Catarina echándole una mirada sedienta.
- ¿a cambio de qué? –respondió Santiago.- Nosotros también queremos salir de aquí –dijo Adolf.-
¡pero es imposible!- ¡tú tienes un salvo conducto! Cuando sea el momento algo se nos ocurrirá, a la tierra no podemos volver y el infierno va a dejar de existir, tan solo queremos estar lejos de aquí cuando eso suceda –dijo contento por sus palabras Josef.
El oleaje producido por el río de los fantasmas hubiera derribado cualquier barca de no ser que esta estaba hasta el tope de su capacidad dándole firmeza. Se movía lenta pero segura bajo los remos de Josef. Santiago miró a cada uno de los pasajeros y pensar que aún le quedaba camino por recorrer con semejante compañía y no saber cuál sería su desenlace lo angustió tanto que no supo si la gota que caía sobre su mejilla era una lagrima o provenía de una salpicadura de aquel rio.



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