De entre nosotros
- 27 ene 2020
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1.
Tras pasarle un paño agujereado, dejó su cincel sobre la mesada de madera construida por él mismo con distintos recortes que fue encontrándose a lo largo del tiempo. La mesada, debido a su forma y lo que sobre esta había, ofrecía al espectador una sensación de asombro, en algunos espanto y en otros curiosidad. Los pocos visitantes que llegaban a verla, por temor a preguntarle a Ernesto, se iban con una sensación confusa. Para Ernesto no era solo su mesada de trabajo, era su propia vida. Tras apoyar el cincel contempló su obra reciente, un busto de rostro aún desconocido hecho en madera, la idea se le había presentado en un sueño donde una figura femenina, distante y borrosa le pedía un retrato. Acarició su obra, como pidiéndole perdón por no saber cual camino tomar aun. Alzó rápidamente su vista y observó por la ventana la propiedad que estaba a metros de la suya. esta emitía una luz amarillenta desde la cocina.
- ¿nuevos vecinos? –se preguntó para así dejar flotando la pregunta que nadie le iba a responder. Corrió la pesada cortina de su ventana y se dirigió a la cocina.
Iba a preparase un bocado sencillo, no le gustaba cenar pesado y al abrir la heladera se encontró que estaba vacía, tras cerrarla con violencia se encontró con la nota que se había desprendido de esta advirtiéndole que debía hacer las compras.
Su casa se encontraba escondida entre una maraña de árboles y ramas secas. Años atrás, cuando aún la mantenía, había sido una linda casa de ladrillos vista con un gran ventanal que daba a su taller, los transeúntes que pasaban frente a su casa a veces podían observarlo trabajar pero los últimos años el abandono había cubierto de naturaleza su casa. Aquella noche el busto de la mujer desfigurada que lucía en la ventana, se volvió una tétrica imagen debido al parpadear de las luces de afuera. Ernesto cruzó la calle de arena y se internó en el bosque que desembocaba a la calle principal de la ciudad, se acercó pesadamente al supermercado y entró. Los empleados no lo saludaban a pesar de verlo seguido y más siendo una ciudad chica como aquella, a él le aliviaba no tener que entablar conversación.
Aquella noche le costó dormir, sentía frío y calor al mismo tiempo, y cuando pudo dormirse soñó con la mujer del busto que lo llamaba, no por su nombre sino gritándole ¡No! Y él se acercaba para luego ella esfumarse entre sus dedos. Aquella imagen que rehuía de él lo hizo despertarse con una sensación pastosa en su boca, alzó su mirada hacia la ventana cuyas cortinas dejaban entrever los rayos del día, se puso de pie y se dirigió a la jaula del pajarito que había empezado a piar, tras correr las cortinas se encontró que en la casa de enfrente la nueva inquilina había empezado a trabajar desde temprano e inconscientemente, Ernesto llevó sus dedos a la boca y comenzó a morderse las uñas, su respiración comenzó a agitarse, detuvo su mirada sobre el pajarillo y en vez de darle su alimento como todos los días, le partió el pescuezo.
Una vez en el taller tomó su cincel y comenzó a tallar la madera delicadamente como si supiera que cada paso lo llevaría a finalizar su obra y sólo se detuvo cuando terminó el disco de pasta de Chopin por lo que se dirigió hacia la estantería cercana a la puerta y rebuscó entre sus discos.
¡Knock! ¡Knock!, Ernesto siguió inmerso en su colección de discos.
¡Knock! ¡Knock! Ernesto levantó la vista hacia la puerta, estaba confundido, ¡Knock! ¡Knock!, se dirigió a la puerta de entrada y la abrió de golpe.
- ¿pensaste que ibas a librarte de mí Ernesto? –dijo una voz femenina. Ernesto clavó sus ojos marrones en los de ella.
- disculpe, ¿podría ayudarme a sacar la basura? –dijo nuevamente la voz. Ernesto cerró sus ojos y la mujer que tenía en frente era levemente distinta a la que él había observado en un comienzo.
- ¿usted es la vecina nueva? – le preguntó Ernesto.
- sí, llegué anoche, me puse a limpiar y ordenar, la casa está hecha un desastre, hace años que no la habitan y la anterior dueña…
- la ayudo –dijo Ernesto cortante- dígame, ¿Cómo se llama?
- Inés, mucho gusto – y le ofreció su mano. Ernesto observó el cincel que aún conservaba en su mano y le estrechó su mano libre – usted me recuerda a alguien, no sabría a quién, ¿es actriz o algo así?
Cuando Ernesto retornó a su taller su mente había enterrado lo ocurrido recientemente y sacó sin dudar el disco de Beethoven, la tapa de cartón donde figuraba el nombre de la sinfonía estaba carcomido por el uso que se le había dado. La púa danzaba y saltaba a lo largo del disco pero Ernesto conocía todas las notas y llenaba el espacio perdido con su memoria y al finalizar la cara B retrocedió unos pasos para observar su obra, si bien era más confusa que antes la mirada del bulto resaltaba por sobre lo demás.
2.
Las estrellas comenzaban a brotar en la noche fría, entre los árboles y el mar el calor del día se escapaba para dar respiro a sus habitantes. Inés se encontraba en la cocina cortando unas verduras cuando llamaron a la puerta, esto la hizo salirse de sus pensamientos y se dirigió a la puerta, tras esta se encontraba Ernesto cargando en sus brazos un busto de madera.
- se que no es mi mejor obra pero tampoco para que me mate – fue lo primero que dijo al observar que Inés aún conservaba su cuchillo.
- disculpá estaba cocinando y – Inés lo dejó sobre la mesada y se ruborizó- discúlpame, no quería…
- está bien, no es la primera vez que me amenazan –respondió rápido Ernesto con una sonrisa- es mi última obra y la verdad es que no sabía dónde ponerla así que pensé que tal vez le podía llegar a gustar.
Inés observó rápidamente el busto y no supo si le agradaba o no pero de momento la dejaría en el living. –pasá, estoy cocinando.
Ernesto la observó a los ojos unos instantes, dio un paso y cerró la puerta lentamente tras él.
La cena fue agradable, Ernesto a pesar de ser 20 años mayor que ella conservaba su encanto, era un hombre culto y supo como seducirla, cosa que ella no se esperaba o tal vez fue ella la que se sintió atraída por él, no lo supo.
- no me dijeron los de la inmobiliaria que me iba a mudar tan cerca de un artista – le dijo ella mientras bebía una copa de vino.
- ¿de quién estás hablando? – dijo él mientras la observaba beber. -Hago esculturas, no soy bueno con la pintura… soy… como un artesano.
- ¿vendes tus obras en la feria?
- en algún momento lo hice, pero ahora no tengo ganas, trato de deshacerme de las obras que concluí, no me gusta conservarlas.
- ¿por? Digo podría venderlas, sacarles algún provecho.
- cada tanto tengo algún cliente que viene creyendo estar interesado en mi obra pero no es así, le gusta la extravagancia de lo que hago. –respondió él.
- ¿si? Siento nunca haber visto ninguna de sus obras.
- no hay de qué, tuve mi momento de mayor creación… 20 años atrás diría, alguna fama efímera pero la suficiente como para seguir a flote.
- lo voy a googlear entonces.
- No hace falta, puede venir mañana a mi taller, me encantaría poder hacer algo con usted… me refiero una escultura, que sea mi modelo, si tiene tiempo obviamente.
Inés se ruborizó y bajó su mirada hacia su copa durante algunos segundos.
3.
- por favor no desordenes los discos – le dijo Ernesto cuando Inés empezó a revisar la colección de este. – Disculpa si fui brusco, no suelo tratar con mucha gente – agregó mientras le ofrecía una sonrisa y una taza de café.
- no hay problema – le respondió ella mientras seguía observando el estudio de él- tiene su encanto.
- ¿qué cosa? ¿Yo o el lugar? – respondió rápidamente él. Inés sonrió.
- no suelo hacer de modelo, trabajo para una editorial. –dijo ella tras un silencio.
- sin embargo bien podrías ser modelo, pensalo – tras unos segundos de silencio le dijo - ¿cómo llegaste con tu trabajo hasta acá?
- escapando – respondió ella tras algunos segundos. – ¿de quién? – dijo Ernesto. – De… un ex novio- sentenció ella.
- por suerte te trajo acá, a mi taller. -Tras decir eso se acercó y puso uno de los discos de su colección.
- este es uno de mis favoritos, me lo regalaron hace… - tras cerrar los ojos Ernesto vino a su mente el rostro de Rosa- muchos años –dijo con un hilo de voz.
Inés se sentó sobre una banqueta y él comenzó a hacer unos bosquejos. Si bien él decía que no sabía dibujar ella quedó impactada tras ver unos días después el retrato que había hecho de ella.
- pensé que no sabías dibujar Ernesto, pero esto está increíble –dijo ella casi sin aliento.
- gracias –dijo él mientras apoyaba su mano sobre el hombro de ella y sentía una sensación extraña recorrer su cuerpo- ahora me gustaría pasar a hacer un busto suyo.
- podes tutearme –dijo rápidamente ella mientras se ruborizaba.
- solo si aceptas mi oferta
Ernesto terminó de levantar todas las persianas de su estudio.
- voy por un café, ¿querés? –le preguntó él.
- dale, a ambas cosas.
- te voy a pedir, si queres, que te saques la remera, yo te voy a alcanzar una toalla para cubrirte los pechos. Sería muy importante para mí poder ver tus hombros y el cuello desnudo.- dicho esto se retiró. Bajó las escaleras de madera y se dirigió a un estante. Hurgó entre unos objetos y sacó una manta desteñida. La observó un rato y la olió. El olor a Rosa ya no estaba presente sino que predominaba un fuerte olor a encierro. Dejó la manta y agarró una limpia.
Mientras el café se terminaba de preparar una vaquita de san Antonio comenzó a caminar entre sus dedos, la sensación le era agradable, como de un cosquilleo y cuando terminó de hacerse el café la aplastó contra la mesada.
Subió al estudio y se detuvo en el último escalón, el que hacía un ruido de mil demonios. Suspiró y entró al taller para encontrarse a una Inés completamente desnuda, que lo esperaba, ahí se percató que el color de la manta eran un rosado muy similar a la que había dejado abajo.
4.
La primera semana Inés había pasado los días en el estudio siendo observada por Ernesto mientras escuchaban una y otra vez el mismo disco.
- ¿a quién te recuerdo?
- ¿cómo? – respondió Ernesto.
- si, a quien me parezco.
- a nadie –respondió Ernesto.
- y ¿por qué estamos escuchando una y otra vez el mismo disco?
Ernesto alzó su mirada del busto para observar los ojos de Inés, dejó el cincel y se acercó a ella, le acarició el rostro.
- todo artista tiene uno o dos imágenes con los que trabaja toda su vida, tal vez tres, puede cambiar el contexto pero siempre nos lleva a lo mismo, el amor, la muerte, son pocos los temas que al humano le importan.
- ¿y yo cual soy? –le respondió Inés mientras Ernesto volvía a su mesa de trabajo.
- no sé.
Había algo en la mirada de Ernesto que últimamente la incomodaba, era sutil pero ahí estaba. Una tarde que dieron por terminada la sesión anticipadamente aprovechó para acercarse hasta la inmobiliaria. Podía haber atravesado el bosque que salía directo del estudio pero prefirió hacer el camino largo por las calles de arena. Se acercaba el atardecer y las hojas de los árboles ululaban.
- ¿sí? hola – dijo Inés tras atender su celular.
- ¿cómo estás? Tantos días desaparecida ¿en qué andas?¿No te tendrán secuestrada? –preguntó la voz de un hombre
- ja, no, estuve… ocupada –respondió mientras recordaba las caricias de quién la llamaba – ¿por qué no te das una vuelta por casa y nos ponemos al día?
Cuando llegó a la inmobiliaria se detuvo, no sabía bien qué había ido a buscar, tenía una corazonada que le servía para su trabajo pero no estaba segura si se podía aplicar a su propia vida. Entró, habló con uno de los empleados que se retiró momentáneamente a buscar unos papeles. Hizo tiempo observando el lugar, era amplio, con dos escritorios y el retrato de una mujer. La voz del empleado la sacó de sus pensamientos y le dio el nombre que creía estar esperando. Rosa...
5.
Ernesto cenó en silencio y en penumbras, iluminado solamente por la luz del exterior. Comió despacio e intercalando con una copa de vino, luego se levantó y se dirigió a la bacha. Mientras lavaba observó por la ventana que daba a la casa de Inés. El dormitorio, que el bien conocía, estaba iluminado y se podían observar dos siluetas. Salió dejando la canilla abierta y caminó por su terreno hasta detenerse frente al árbol que daba a la casa de Inés. Ahí pudo observar con detenimiento lo que sucedía en la planta alta mientras se mordía las uñas. Ya no fumaba, hace 20 años que lo había dejado pero sentía la necesidad de hacerlo.
El día siguiente lo pasó sentado con las piernas cruzadas en su estudio, esperando, observando el busto aún inacabado. Sólo se levantó una vez para cambiar el disco y el resto del tiempo dejó que la púa corriera sin detenerse. Solo por la noche sintió como de sus entrañas llegaba la imperiosa necesidad de terminar la escultura por lo que se lanzó en un frenético maniobrar de su cincel.
- creo que estamos –dijo en voz alta.
6.
Inés había decidido tomarse el día para ella, posar para Ernesto la había consumido y debía ponerse al día. Por la noche tenía pensado salir por lo que se puso un suéter rosado que resaltaba su figura, pintó sus labios de rojo, tomó su cartera y salió.
- ¿a dónde va? –dijo la voz de Ernesto al salir detrás del árbol.
Inés se asustó y luego su mente permaneció confundida.
- voy a salir…
- hoy no viniste al estudio – dijo Ernesto mientras se acercaba lentamente.
- perdón que no te avisé es que hoy…
- aún no está terminada la escultura, faltan algunos pequeños detalles que agregar, podríamos ir ahora al estudio ¿no te parece?
- este… ahora no, iba a salir –dijo Inés- mejor mañana.
- mañana puede ser muy tarde.
Inés retrocedió unos pasos y su inconsciente reaccionó.
- ¿quién es Rosa? –le dijo y Ernesto se detuvo manteniendo brevemente las miradas.
- Rosa es alguien a quién yo amé, alguien a quien también hice una escultura y también… desapareció. ¿Te dije alguna vez que se parecen bastante? –le dijo como al pasar.
Inés se topó con la puerta de la casa y al intentar abrirla estaba cerrada, Ernesto avanzó hasta estar cara a cara con Inés.
- ¿cómo es que desapareció?
- podés imaginártelo –dijo mientras apoyaba su mano sobre el hombro de ella.
- y si la amabas... Cómo… -preguntó con la voz quebrada
- no lo sé, a veces uno destruye lo que ama, no me preguntes por qué, tal vez porque soy un artista y uno debe destruir lo que ama para empezar de nuevo.
- sí que lo sabes, sabes por qué me mataste –le dijo la voz de Rosa.
- ¡TE DIJE QUE NO LO SÉ! – dijo por última vez Ernesto clavándole el cincel en el pecho a Rosa.



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